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Les Danses: La Danza de la Esperanza desde Celler del Roure

10 diciembre, 2020

No deja indiferente a nadie porque le pone pasión a la vida. Cada vez que Celler del Roure y Pablo Calatayud, tanto monta, estrenan un vino son capaces de comunicar toda la pasión que le ponen a través de cartas que son pura poesía. Eso acaba de ocurrir con Les Danses 2017, el espumoso que acaba de ver la luz, de la saga de Les Filles de Amàlia.

Comienza Pablo, en primera persona y directo al corazón, con una interrogación retórica. Sabe que lo recordamos y lo esperamos con mucha expectación: «¿Recordáis que a mi madre (que se llama Amalia) le queríamos dedicar una colección de vinos (dos blancos de mandó de color rosa, Les Prunes y Les Danses, uno tranquilo y el otro espumoso) tan finos y delicados como las flores perfumadas que ella cuida en su jardín?. Pues aquí está la flor que faltaba. La espuma de Les Filles d’Amàlia, LES DANSES 2017. Se ha hecho esperar (ya lo creo) nuestro primer vino espumoso. Cuarenta meses desde que pusimos esta primera añada, apenas dos mil botellas, a reposar en la oscuridad de la nueva bodega fonda. Miles de burbujas danzando entre las lías (según el método ancestral, no hay más que una fermentación que debe terminar en la botella). De repente, un estallido rompe el silencio. Queremos abrir una ventana y ver el paisaje que va dibujando el vino. Gracias Pepe (Raventós i Blanc) por tus sabios consejos. Y otra vez, silencio y tiempo. El hormigueo de las burbujas ya es muy fino. Hay que ir poniendo las botellas en punta, preparar el degüelle y todo lo necesario para vestir cada botella con su preciosa etiqueta (genial como siempre Dani Nebot), su tapón de presión y su grapa negra». Estas primeras líneas ya te han enamorado para siempre.

Pero si el corazón se encoge, espera un poco que Pablo te va a tocar el corazón un poco más, siempre con tu permiso y con amabilidad: «Tiempo para soñar, para enamorarse de un perfume, para dejarse cautivar por el hechizo de una danza: La danza de la Esperanza. : Amalia está encantada con su nuevo vino. Ayer fui a verla y se lo dimos otra vez a probar y de paso estuvimos mirando a ver cómo nos las arreglamos para juntarnos toda la familia, aunque sea por turnos, porque va a ser Navidad y también porque mi madre acaba de cumplir ochenta años y necesitamos comer o cenar juntos y brindar por ella, por la vida y por el fin de estos tiempos turbados. Nuestras cartas siempre terminan con un agradecimiento. Este año queremos dar las gracias de una manera muy especial a la gente que sostiene nuestra querida hostelería por seguir luchando y por seguir maridando nuestros vinos con vuestra cocina (como dice Santos Ruiz, el restaurante se convierte, sin comerlo ni beberlo, en el gran damnificado económico de esta pandemia)». Jolín que abrazo más bonito a toda la resturación valenciana. Pero continúa un alegato que es puro corazón: «El maestro Josep Pla expresa de maravilla nuestra gratitud y nuestro sentir cuando se echa a llorar ante el humo de una sopa de pescado a la vuelta de un largo viaje (…) cuando se emociona comiendo un guiso lento de los que requieren paciencia y observación y, en definitiva, un poco de amor, porque el amor y la paciencia son inseparables (…) cuando reclama la importancia de una cocina que es memoria, reposo, sentido del tiempo, lealtad y afecto por las cosas terrenales (…) y cuando habla también del vino que es inseparable de la cocina y es inseparable de la vida, porque suscita el amor y enriquece la comprensión, porque aviva la vida del espíritu, fomenta la bondad y despierta la sensibilidad (…) del vino que nos ayuda a comprender el gusto eterno e inconmovible de las cosas elementales: la dulzura del fuego; la fina elipse del vuelo de un pájaro; el color de un asado; el dibujo de una hoja; el perfume de una hierba; el parpadeo lejano, frío, indiferente, de una estrella..»

«Con el alma un poco encogida, gracias por estar ahí».

Hay veces que mejor no tocar lo que te llega, porque tiene magia.

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