2 septiembre, 2026

La vendimia de 2026 en la Denominación de Origen Alicante quedará grabada en la memoria del sector como una campaña de extremos, un auténtico ejercicio de supervivencia donde la naturaleza ha puesto a prueba los límites de la vid. Marcada por meses de calor asfixiante que se remontan a la primavera, una acusada falta de precipitaciones y un adelanto generalizado en las fechas de recolección, el viñedo alicantino se ha enfrentado a un reto monumental. Sin embargo, la lectura que hacen las bodegas desde las comarcas costeras hasta las tierras del interior es sorprendentemente unánime: frente a la severa merma en los volúmenes de producción, los racimos han llegado a las tolvas con una sanidad impecable y una concentración organoléptica que promete hacer historia.
En la comarca de la Marina Alta, la anticipación ha roto todos los esquemas habituales. Joselina Vallés, desde la Bodega Teulada, relata un inicio precipitado, lo que supone un adelanto de prácticamente un mes respecto a lo que venía siendo la norma en sus tres décadas de experiencia. Las altas temperaturas sostenidas desde mayo han acelerado el ciclo, dejando notables diferencias de maduración entre las viñas pegadas al mar y las de interior. Además del clima, el campo ha tenido que lidiar con la desesperación de la fauna local; jabalíes, pájaros y hasta cabras montesas han buscado alimento y agua en los viñedos, mermando una uva que, por lo demás, presenta una calidad y un dorado exquisitos. A pesar de las prisas que impone el cielo, en Teulada han sabido escuchar a los agricultores más sabios y veteranos, quienes decidieron aguardar pacientemente la influencia de la luna de agosto para dar el toque final de color y madurez a su emblemático moscatel.
Muy cerca de allí, Mara Bañó, al frente del proyecto Les Freses, califica esta campaña de auténtico sufrimiento. Tras un arranque temprano, recuerda cómo lo que hasta mayo parecía «una melodía de amor» se truncó con las implacables olas de calor del verano. Con temperaturas nocturnas que apenas bajaban de los treinta grados, la planta se vio incapaz de descansar, llevando al agotamiento a muchas cepas y reduciendo la producción en torno a un 30% respecto a la vendimia anterior. A este panorama climático se sumó el desafío sanitario, lidiando con lo que Bañó define con ironía como «las siete plagas», desde el oídio hasta la polilla. No obstante, en medio de esta adversidad, ha brillado con luz propia el viñedo viejo. La parcela de ‘La Pajarera’ en Teulada, gracias a un sistema radicular profundo capaz de nutrir a la planta en las condiciones más hostiles, ha logrado sacar adelante uvas excepcionales en una añada que la enóloga resume con una sola y certera palabra: el «caloret».
Completando la radiografía de la zona, Bodegas Xaló, ubicada en el corazón del Pla de Llíber, corrobora la dureza del ciclo. El equipo liderado por Sergio Balaguer inició los trabajos enfrentándose a una drástica reducción del 50% de la cosecha en comparación con un año normal. Paradójicamente, este mismo calor implacable ha ejercido como un factor estabilizador, propiciando una maduración perfectamente homogénea en la totalidad de sus parcelas. Esta uniformidad está garantizando la entrada de una uva en perfecto estado sanitario que augura, en sus propias palabras, unos vinos de una calidad absolutamente excelente.
Hacia las tierras del interior de la provincia, el panorama cambia y la altitud actúa como un salvavidas providencial. En Bodegas Sierra Salinas, situada a casi setecientos metros de altura en la ladera de la sierra villenense, Eva Miñano describe este ciclo como una verdadera «añada de resistencia». Aquí, la sequía acumulada ha ajustado los rendimientos de forma natural, dejando la producción entre un 10% y un 15% por debajo de lo habitual. Sin embargo, el ambiente seco y la constante ventilación han mantenido a raya cualquier problema fúngico. El factor determinante ha sido el marcado contraste térmico entre el día y la noche; ese respiro nocturno ha frenado en seco la maduración desbocada y ha logrado salvar la acidez. Su variedad reina, la Monastrell plantada en suelos calizos, ha capeado el estrés hídrico con entereza, al igual que la Alicante Bouschet. Los primeros mostos ya apuntan a vinos de profunda capa, muy estructurados y con una elegancia mineral que les otorgará una envidiable capacidad de guarda.
También en el municipio de Villena, el equipo técnico de Bodega Las Virtudes, formado por el enólogo Antonio Piñero y el técnico de campo José Torró, experimentó la urgencia del calendario arrancando el 5 de agosto. Las variedades blancas y de ciclo corto, como el Moscatel, el Macabeo o la Chardonnay, han sido las más castigadas por las olas de calor, sufriendo mermas que alcanzan el 40%. Afortunadamente, la meteorología concedió una tregua a finales de agosto. Las oportunas lluvias y la consecuente bajada de las temperaturas nocturnas paralizaron el estrés de la viña, beneficiando enormemente a las variedades de ciclo largo. La Monastrell de secano, mimada por esta pausa climática, está llegando a la bodega sana, equilibrada y preparada para consolidar el prestigio de la zona.
En definitiva, las bodegas de la DO Alicante han sabido transformar un año de extrema aridez en una inigualable oportunidad cualitativa. La asombrosa resiliencia de las cepas viejas, sumada a los refugios térmicos de la altitud y la incansable labor en el campo, demuestran que, aunque 2026 será inevitablemente recordado por la escasez de kilos en las bodegas, el resultado final se traducirá en copas llenas de intensidad, estructura y un profundo arraigo territorial.
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