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Bodega Teulada: cuando el Mediterráneo sopla entre viñas

10 junio, 2026

Texto: Mar Lafuente // Fotografía y vídeo: Vicent Escrivà y Laura Lázaro

Existen lugares donde el vino no se entiende sin el paisaje, y en Teulada-Moraira ocurre precisamente eso. Allí, donde los viñedos todavía sobreviven entre el Mediterráneo y el avance urbanístico de la costa, el mar no solo dibuja una preciosa postal, también forma parte de la identidad del territorio, de su gente, de sus agricultores y, por supuesto, de sus vinos. 

Para entenderlo, Joselina Vallés, presidenta de la Cooperativa de Teulada, nos ha llevado hasta El Portet de Moraira. Porque hablar de Bodega Teulada es hablar también de la costa, de los bancales que antiguamente llegaban prácticamente hasta el mar y de esos vientos marinos que moldean la vida de las viñas. Un paisaje que explica el carácter de sus vinos. “La influencia marina y los vientos marinos son muy importantes no solo para la uva, sino para las vides que son las que producen la uva. Los vientos contribuyen muchísimo porque después de una lluvia secan rápidamente las hojas y los racimos, evitando humedad, hongos y posibles enfermedades en la planta”, explica Joselina. 

Y es que Teulada-Moraira ocupa un lugar muy concreto y mágico dentro de la comarca de la Marina Alta. Un rincón completamente expuesto a los vientos del Mediterráneo. Así nos lo hizo saber Joselina mientras contemplaba el mar desde uno de los lugares más simbólicos de su infancia, “estamos influenciados por los cinco vientos marinos, de ahí que tres de nuestros vinos lleven el nombre de algunos de esos vientos”. 

El vino Vent de Gregal junto a ‘Gaviota II’, el barco del abuelo de Joselina.

Porque Moraira también forma parte de la personalidad teuladina. Aunque muchas veces se asocie Teulada al interior, la costa es inseparable de su historia. “Toda la gente de Teulada tiene un rinconcito en la parte de la costa. Antiguamente eran bancales a orillas del mar y, aunque después se ha construido muchísimo, nosotros seguimos sintiendo esto como nuestro”, cuenta emocionada mientras aseguraba que “Teulada-Moraira es lo mismo”. 

Precisamente de esa conexión nacieron algunos de los vinos más representativos de la bodega, como ya os avanzamos antes. Primero llegó Viña Teulada, un blanco seco de Moscatel que empezaron a elaborar a finales de los años noventa intentando unir el viñedo y el territorio en un mismo nombre. Y fue después cuando apareció la colección ‘Vents’, formada por Vent de Llebeig, Vent de Llevant y Vent de Gregal. “El ‘llebeig’ es un viento fresco, la brisa del mar, y pensamos en un rosado fresco y elegante. El ‘llevant’ es más potente y representa nuestro tinto. Y después está el viento de ‘gregal’”, relata Joselina. Este último es en el que hoy ponemos especial atención. 

El ‘gregal’ es un viento del nordeste que atraviesa el Mediterráneo y que, al chocar con el relieve de la Marina Alta, genera una humedad constante que marca la personalidad de la moscatel cultivada junto al mar. “Esto es lo que hace que nuestro moscatel sea diferente al del interior”, afirma. Un viento que está representado en el vino Vent de Gregal o “el gran triunfador”, como lo describe Joselina. “Igual que el viento Gregal mueve oleajes y provoca tempestades en el mar, este vino también mueve oleajes. Allá donde va consigue medallas. Es un vino muy refrescante, muy salino y que recuerda muchísimo al Mediterráneo”, añade. 

Un vino que ha mantenido intacta su esencia desde que nació, pero que ahora se viste de una forma completamente renovada. Y es que la gran novedad está en el rediseño de su etiqueta. “La anterior era mucho más azul, representaba el mar y las olas, pero después de escuchar mucho al distribuidor, al cliente y al consumidor entendimos que necesitaba un cambio de imagen”, explica Joselina. 

El resultado es una etiqueta más elegante y minimalista, donde el protagonismo lo adquieren los detalles dorados y el relieve que dibuja el movimiento del mar. “Hemos querido remarcar el oro porque es un vino con muchísimos premios. Y el relieve representa la ola, la fuerza del gregal, ese oleaje intenso que provoca este viento”.

Sin embargo, aunque la imagen cambie, como hemos dicho hay algo que en Bodega Teulada intentan mantener intacto y ese es el estilo del vino. “Yo siempre digo que hay bodegas y fábricas de vino. Nosotros tenemos buena materia prima y lo importante es mantener la misma línea todos los años para que quien lo pruebe diga: este es el vino de siempre”.

Vent de Gregal conserva ese carácter aromático tan reconocible de la moscatel, pero alejándose de la idea preconcebida del vino dulce. “La moscatel es una de las variedades más aromáticas que existen y eso condiciona muchísimo. Mucha gente piensa que va a ser dulce y luego en boca no lo es. Yo quiero que cuando alguien abra una botella diga que esto sabe a moscatel de Teulada”.

Y esa identidad nace precisamente del territorio. Más tarde visitamos Les Sorts, una parcela situada a apenas 185 metros del mar donde todavía se percibe esa relación directa entre viñedo y Mediterráneo. “Aquí las cepas tienen una vigorosidad diferente. Hay fotos antiguas donde prácticamente los viñedos llegaban hasta la orilla”, explica.

En una comarca profundamente marcada por el turismo, mantener vivo ese paisaje agrícola se ha convertido casi en un acto de resistencia. Y ahí es donde Bodega Teulada entiende su verdadero papel dentro del territorio. “Mantenerlo ya no es poca cosa”, asegura Joselina. “Mantener un poco de verde, mantener autenticidad, seguir llevando el nombre de Teulada por toda España y demostrar que aquí todavía quedan viñas, agricultores y legado”.

Porque detrás de cada botella hay mucho más que vino. Hay meteorología, esfuerzo, incertidumbre y muchas personas trabajando para que el producto llegue al consumidor.  Y quizá ahí está la grandeza de proyectos como Bodega Teulada. En seguir defendiendo el origen en un territorio donde el viñedo convive cada día con la presión urbanística y turística de la costa mediterránea. En mantener viva una forma de entender el paisaje. Y en conseguir que, al descorchar una botella de Vent de Gregal, alguien pueda reconocer el mar incluso antes de verlo.

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