9 enero, 2026

Pedro G. Mocholí
Hace años, en concreto en el 2005, después de visitar el restaurante Puerta 57 en el propio estadio Bernabeu, pude asentir que podía existir una cohabitación entre la alta gastronomía y un espacio deportivo.
Mi esperanza hubiera sido que el nuevo Mestalla nos ofreciera esa posibilidad. En aquel entonces las obras ya se habían iniciado, pero con la misma intensidad que se empezó, vimos cómo tiempo después, se detuvo. Ahora parece que ha retomado la actividad.
Esta sensación inacabada en Valencia, por fortuna la desarrollaron en el estadio de La Cerámica, pues cuando inició las obras de remodelación y modernización para que sus instalaciones se adecuaran a las directrices que marca la U.E.F.A. entre las reformas que afrontó fue la de crear un restaurante gastronómico y varios espacios o reservados donde disfrutar de una gastronomía de alto nivel.
Para que esta empresa llegara a buen puerto la directiva del Villarreal, encabezada por el propio Fernando Roig, dio las riendas a Miguel Martí, un gran profesional en todo lo que rodea la gestión empresarial gastronómica y propietario de uno de los mejores caterings que podemos encontrar en España.
El resultado no pudo ser más óptimo y acertado, y entiendo que cuando Juan Roig iniciara las obras del Roig Arena, contara con Miguel para que creara un espacio gastronómico a la altura del pabellón que albergaba en sus sueños.
Dicho y hecho. Hace unos meses, cuando el Roig Arena se inauguró el restaurante de Miguel Martí, Poble Nou, abría sus puertas, contando con la mejor ubicación que existe en este espacio deportivo.
Poble Nou no es un restaurante en un pabellón, es mucho más. Es un restaurante que está a la altura del Roig Arena, y no hubiera sido justo que la ubicación, con vistas incluidas a la pista central, no hubiera sido de la que está disfrutando.
Lo sientes nada más cruzas el umbral y respiras ese ambiente natural que además nos transmite perfección y afabilidad. Es una obra en su conjunto de la que los valencianos deberíamos sentirnos orgullosos. Yo lo estoy.
Normalmente no me gusta, a diferencia con otros críticos (aunque respeto sus decisiones), entrar en los restaurantes recién abiertos y donde aún huele a la última mano de pintura.
Había pasado en innumerables ocasiones por la C/ Antonio Ferrandis y en cada recorrido veía cómo el pabellón crecía de manera inexorable. Constancia y seducción es la sensación que sentí cuando llegué andando y di una vuelta alrededor de él. Tuve un sensación de empequeñecimiento ante la colosal estructura que se alzaba ante mis ojos.
Cuando accedí lo hice con un sincero resquemor. ¿El interior estaría a la altura del majestuoso exterior? Y hay que reconocer que sí. Enhorabuena.
En incontables ocasiones suelo comer solo, pero esta vez no lo quise hacer, quería disfrutarlo en compañía de unos buenos amigos. Por ello realicé un pequeño “convoy”, uniendo a Gabriel Martínez, su mujer Ana y a mi querido Manuel López Camacho, que en su desplazamiento Madrid-Moraira, siempre hace un receso en Valencia para comer un buen arroz, por lo que entendí que Poble Nou era el espacio ideal para disfrutar de esos momentos únicos que nos brinda la amistad.

De izquierda a derecha: Manuel L. Camacho, Ana, Pedro G. Mocholí y Gabriel Martínez.
Creo con firmeza y sinceridad que la elección de la gente que te va acompañar en una comida es esencial para multiplicar el disfrute de la misma. Aquí se dieron ambas circunstancias: una excelente comida y una maravillosa compañía.
Las propuestas que encontramos en la carta son 100% mediterráneas, trabajadas con gusto, sencillez y mucha sensibilidad. Junto a este concepto, hay que resaltar que muchas de las elaboraciones que ofrecen se realizan a la brasa, lo que le aporta un toque esencialmente mágico. A mí, que soy un fan incondicional de ese toque propio que caracterizan las parrillas, me tienen conquistado.
Parece sencillo, pero les aseguro que no lo es. Esa delgada línea que existe entre ofrecer un género con una jugosidad esplendorosa y exultante, a sacarlo seco, les aseguro que es ínfima. Aquí, no solo lo consiguen, sino que lo prolongan al paladar, transmitiendo una inmensa placidez.
La primera entrada fue un esgarraet con bacalao ahumado en horno Josper, trasmitiendo un ligero contraste entre el dulzor de los pimientos y el ahumado del bacalao, todo ello ligado con un aceite de gran calidad, que unifica los distintos sabores.
Buscando esa mediterraneidad que luce en las propuestas, el siguiente plato fue la sepia bruta (sucia) encebollada, un plato típico de marineros y que también se elabora en el horno Josper. El punto que se consigue es mucho más natural que el que se elabora a la plancha (mucho más típico). Sigo apostando por ese ligero toque ahumado que le transmite el carbón vegetal.
Por último, y antes del arroz, otra delicia del barrio del Cabanyal: una titaina cubierta con trozos de atún balfegó (asada al Josper) y praliné de piñones. Un juego natural de contrastes, rematado por el vegetal de los piñones, enriqueciendo con notabilidad el plato. Tuve un cariñoso recuerdo a mi madre, pues ella lo elaboraba también con piñones.

El arroz de cocido fue el elegido, y momentos antes de empezar a comer nos llevaron a las cocinas donde Ana hizo los honores y depositó el arroz sobre la paella para que comenzara a cocer.

Ana tirando el arroz.
Este arroz, a pesar de servirlo seco, nos ofrece una gran melosidad, sensación que aumenta al utilizar un arroz de molino roca de la variedad Carnaroli, una gramínea de gran untuosidad, y que transmite esa sensación en cada cucharada. Es verdad que los ingredientes también ayudan a esa sensación: tataki de presa de Joselito (a la brasa), calabaza asada, manitas de cerdo deshuesadas y blanquet.

Arroz de cocido.
Todos los ingredientes invitan a que la melosidad se transmita al arroz, manteniendo una impecable textura y un sabor que se prolonga cucharada tras cucharada, convirtiendo cada una de ellas en una considerable satisfacción. Una sensación que recorrió la mesa y que agradó a todos los comensales.
La bodega del restaurante está a la altura del mismo, destacando la variedad de vinos valencianos que encontramos en ella. Por ello nuestra elección fue Bobal de Bodegas Vicente Gandía. Perfecto para equilibrar esa melosidad que nos ofrecía el arroz, gracias a ese toque mineral que nos transmite esta variedad.
Cuando terminamos de comer visitamos la tienda y algunos espacios del pabellón, y mientras bajaba a la calle me acordé de un gran amigo que nos dejó en el verano del 2022: Pipo Arnau.
Pipo vivió el baloncesto desde joven, pasando por todos los equipos punteros que nacían en la ciudad. Llevaba este juego en la sangre. Nunca se perdió un partido, primero en el pabellón de Mislata y luego en La Fonteta. Y estoy seguro de que si aún estuviera entre nosotros, estaría sentado en primera fila, fiel a su equipo, sintiéndose orgulloso del pabellón que por fin se merecía Valencia.
Poble Nou. C/ del Bomber Ramón Duart, 15. Tel.: 689 198 635. Valencia.
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