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Salvemos el vermut (y la gilda) de Los Madriles

19 febrero, 2021

David Blay
No es momento, obviamente, de incitar a la socialización masiva. Pero eso no significa que al aire libre, en grupos reducidos de convivientes, con mascarilla y todas las medidas de seguridad posibles no podamos consumir algún alimento en la calle. De hecho, ya lo hacemos de manera habitual con el café, por ejemplo. Y de paso estamos ayudando a algunos negocios, al menos, a mantenerse a flote aunque sea a duras penas.

Hasta que estemos todos vacunados, el riesgo de contagio baje enormemente y el buen tiempo (eso no es problema en la Comunitat Valenciana) aparezca para hacernos interactuar menos en espacios cerrados, seguramente no viviremos la hostelería como solíamos hacerlo. Pero eso no significa que no busquemos nuevas formas de mantener las tradiciones.

Quiero hablar de Los Madriles como paradigma de cualquier bar histórico. De un lugar donde durante 60 años varias generaciones se han sentado a la barra (la vieja y la nueva) a pedir un vermut y una gilda. Donde algunas de aquellas personas se quedaban luego a tomar cocido y otras enfilaban a otro restaurante o a casa. Pero nunca rehuían, al sol casi siempre, apenas 15 minutos como motivo de encuentro y consumo.

Dice Jovi Gómez que Reino de Valencia es posiblemente la calle más bonita de la ciudad. Y es factible que lleve razón. Pero además de ello es una de las más amplias, funcionales y amables con cualquier tipo de público. Porque a los coches y los ciclistas se unen los parques para niños y los bancos de la isleta central, donde bien puedes pasear o sentarte a disfrutar de la vida. A pesar de todo.

Allí, a lo largo de la pandemia, he visto gente de cualquier condición leer el periódico mientras desayunaban, almorzaban, comían y hasta cenaban. Y me he preguntado por qué no hemos normalizado este comportamiento, que no supone riesgo alguno pero sí genera una felicidad efímera muy necesaria en estas circunstancias.

Imaginemos un sábado a las 12 del mediodía. Un matrimonio que decide salir a pasear. Y al esfuerzo que Los Madriles hace (como muchos otros) por mantenerse abierto para ofrecer sus legendarias comidas en formato para llevar.

En una franja de dos horas, ¿cuántas parejas podrían solicitar un aperitivo, tomarlo en el banco de enfrente, consumir en un negocio gastronómico y dirigirse a casa con la sensación de haber tenido un retazo de su vida anterior?

Con cada encierro o restricción de apertura, ha habido clientes que han acudido a desearles que les fuera bien durante el parón forzoso mientras se llevaban uno de sus productos a la boca. Con cada mejora de la situación, otros han traído a sus amigos llegados desde fuera para integrarlos en una tradición ya casi centenaria. 

Al final, para todos, esta es una situación dramática. Pero son los chispazos de normalidad los que muchas veces nos permiten seguir adelante. Ayudando a los establecimientos clásicos también nos ayudamos a nosotros mismos.

Hagámoslo. Y que al menos nos quede el disfrute, aunque sea pequeño y breve.

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