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¿Qué es el mejor vino?

7 abril, 2021

Salvador Manjón

Esta es la primera gran pregunta que cualquier aficionado al vino se formula.

Lógico, si tenemos en cuenta que se estiman en más de 20.000 referencias sólo las que existen en España. Que las grandes cadenas de distribución llevan muchos años utilizando al vino como producto reclamo con el que atraer a un cierto perfil de clientela. La proliferación de secciones vinícolas en los medios de comunicación generalistas, ante el interés que despierta el tema. O el amplio abanico del que hacían gala algunos restaurantes en sus cartas de vino (digo hacían porque, lamentablemente, en este último año, muchos de ellos apenas han podido abrir sus puertas, por lo que quisiera aprovechar la ocasión para enviarles un fuerte abrazo y mostrarles todo nuestro apoyo, dándoles muchos ánimos). Como decía: cartas de vino que parecerían verdaderos ‘vademécum’ enológicos y que, lejos de representar una herramienta práctica y ágil para seleccionar el vino con el que acompañar los platos elegidos, se situaba más cerca de una primera aproximación al nivel de la factura que acabaríamos pagando.

Todas estas situaciones han generado una imagen distorsionada de la realidad de un sector vitivinícola que está sumergido en una grave crisis de identidad, al que las circunstancias (no éstas del Covid, sino otras muy anteriores y de carácter estructural) le han obligado a invertir en una mayor visibilidad de sus producciones como única tabla de salvación. Privilegio del que tan sólo disfrutaban contadísimas denominaciones de origen y bodegas y que, todavía hoy, algunas zonas arrastran como un pesado lastre en su imagen de vino barato y ‘peleón’, sin que exista ninguna justificación para ello.

Esta gran oferta, con ser muy positiva, hay que reconocer que genera confusión en el consumidor, carente, en la mayoría de los casos, de unos conocimientos suficientes que le permitan seleccionar, con criterio, un vino y que, no en pocas ocasiones, se transforma en frustración y elección de otras opciones alternativas al vino, teóricamente, mucho más sencillas.

Haciendo más necesarios que nunca esos pequeños conocimientos que nos permitirán disfrutar de las verdaderas gangas que hay en el mercado. Pues, si ya de por sí la gran calidad de nuestros vinos es general, sus bajos precios, especialmente si los comparamos con los procedentes de otros países, los hacen extraordinariamente atractivos e interesantes.

Aunque, antes de plantearnos qué vino es mejor que otro, lo primero de lo que deberíamos convencernos es de que nuestras preferencias son tanto o más respetables que las de los que ‘entienden’ y recomiendan: los manidos ‘prescriptores’.  Y aquí me van a permitir que les aclare que tan prescriptor es el que escribe una columna sobre vinos en un periódico, recomienda un vino por la radio o publica una guía, como el responsable de la vinoteca de una gran superficie, pequeña tienda o camarero de un pequeño bar. Nuestros gustos, costumbres, paladares, momentos, economía o menú con el que lo vamos a acompañar son sólo algunas de las muchas variables que tenemos en cuenta cuando compramos una botella de vino, como para entender que no existe (no puede existir) una recomendación taxativa.

Las recomendaciones no son más que pequeñas llamadas de atención sobre determinados aspectos de un vino en la que merece la pena detenerse y observar, como si estuviésemos contemplando un cuadro. Pero su visión y valoración global sólo dependerá de nosotros y nuestras circunstancias. Así es que, entendamos y asumamos que el mejor vino es el que más nos guste a cada uno de nosotros en cada momento. Y que, si nuestra economía no nos permite acceder a éste o aquél vino, estemos seguros de que, a nuestro nivel, encontraremos un sustituto muy digno que cubra nuestras expectativas y que, al mismo tiempo, ponga en valor esa cultura vinícola que hemos ido adquiriendo.

Así pues, si me permiten el símil de los años setenta, vamos a quitarnos el sujetador, sentirnos libres y apostar por el criterio individual, sin más complejos que el convencimiento de que la experiencia y el conocimiento aportan y que nos harán más libres y ayudarán a valorar mejor cada copa de vino.

Eliminados los muchos prejuicios que acompañan a una botella de vino, sólo nos queda lanzarnos al vacío de las sensaciones y, con la tranquilidad de poder equivocarnos reiteradamente, adentrarnos en la aventura de conocer lugares recónditos de mano de sus bodegas, enólogos, denominaciones de origen, varietales o recomendaciones. Criterios todos ellos que (cada uno en su justa medida) deberían acercarnos a destapar aquellos detalles que nos han cautivado y dejado una huella positiva en el recuerdo de ese momento en el que compartimos aquella botella de vino.

Podemos leer hasta el infinito, ser seguidores incondicionales de este o aquel ‘gurú’, defensores del territorio y sus denominaciones de origen o próximos a una variedad. Pero nunca disfrutaremos de ese vino si el momento no es adecuado. Y es precisamente ese viaje hacia el interior de cada uno lo que diferencia al vino de cualquier otra bebida y lo que ha hecho que su salida de la categoría de alimento le haya proporcionado valor y riqueza.

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