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Oporto a través de sus vinos

30 diciembre, 2020

Texto y fotos: Olga Briasco
Oporto tiene una luz tan especial que brilla aunque el sol esté escondido tras las nubes. Con esa luz tenue la ciudad te demuestra que no necesita ningún astro —tampoco futbolístico— para deslumbrar. Todo lo contrario. Sus coloridas y pintorescas casas asomadas al Duero muestran su lado más auténtico, al igual que esas calles adoquinadas que atraviesan coquetas iglesias y edificios cubiertos por sus característicos azulejos. Una atmósfera mística con ese aire decadente que hace tan especial a Oporto. Una ciudad en la que fluye una vibrante gastronomía, arte urbano, diseño… Y vino.

No descubro nada al decir que el vino es uno de los grandes reclamos para visitar la ciudad, adentrarse por las bodegas que salpican Vila Nova de Gaia y hacer una excursión hasta los viñedos que se extienden a orillas del Duero. De hecho, mucho antes que el turismo conquistara Oporto, los celtas fundaron aquí su poblado al que llamaron Calé. Más tarde llegaron los romanos y al ver las bondades del lugar construyeron un puerto que sería parada obligada en las rutas marítimas de la costa portuguesa. De ahí que pasara a conocerse como «Portus Cale», nombre que dio origen al topónimo de Portugal.

Esa apuesta es hoy aún más clara. Lo digo mirando hacia Vila Nova de Gaia y a esa enorme plaza que despunta sobre el manto de tejas desafiando a su vecina Oporto mientras saboreo un Portonic —la nueva bebida que arrasa en Oporto— . No es un desafío sino una invitación; el World of Wine (Wow), un ambicioso proyecto cultural y turístico de 35.000 metros cuadrados que consta de cinco museos —en breve se inaugurará el sexto, dedicado a la moda y el diseño—, nueve restaurantes, bares y cafeterías, una fábrica de chocolate y, próximamente, una escuela del vino.

Wine Experience, un sueño hecho realidad
El World of Wine es la gran novedad de Oporto y la excusa perfecta para alargar la estancia en la ciudad. Para ello hay que cruzar el Puente Don Luis I y subir por las pendientes de Vila Nova de Gaia. Lo hago con cierta inquietud porque quiero conocer de primera mano el museo del vino (Wine Experience), concebido para que cualquier persona pueda disfrutarlo y aprender algo nuevo. Y añado un matiz: aprender divirtiéndose. Esa es la clave de este museo dirigido tanto a expertos en el universo enológico como a simples aficionados. Para ello, de forma muy interactiva, recorre la historia del vino, cuenta las singularidades del proceso de elaboración, desde los viñedos hasta la fermentación y el envasado… y todo ello combinado con algún quiz. Un ejemplo es la sala donde explican las treinta variedades de uvas existentes y a través de un juego te dice qué tipo de uva eres —en mi caso Shiraz— o descubres la importancia del sentido del olfato a la hora de realizar una cata.

Estamos en Portugal así que el segundo piso está dedicado a cada una de las zonas vinícolas del país luso (Madeira, Lisboa, Oporto…). La ambientación recreada te lleva directamente a conocer su cultura y sus características porque, al fin y al cabo, el vino está estrechamente vinculado al patrimonio cultural, arquitectónico y gastronómico de cada lugar. Y claro, como no podía ser de otra manera, el recorrido termina en una cata. En ella explican los distintos pasos para detectar las características principales del vino que tienes en tus manos.

El Wine Experience es solo uno de los museos que pueden visitarse de forma independiente (la entrada general de adulto cuesta entre 14 y 17 euros) o a través de pases conjuntos utilizables durante 48 horas después de la primera validación (en el caso de visitar dos museos) o incluso tres meses (entradas para tres o más museos). Un complejo en el que se han necesitado ocho años y una inversión de 150 millones de euros para hacerlo realidad. Su responsable es Adrian Bridge, que ideó WOW para dinamizar el sector del vino, al igual que hizo hace más de veinte años cuando aterrizó en Portugal desde su Reino Unido natal para ocuparse de los negocios familiares.

Vila Nova de Gaia, el santuario del vino
La ubicación de WOW en Vila Nova de Gaia no es baladí pues se trata de la cuna del Oporto desde que, en el siglo XVII, los mercaderes británicos decidieran transformar el vino ‘normal’ en el que conocemos hoy añadiéndole un chorrito de brandy. Por eso aquí se concentran la gran mayoría de bodegas, en las que se pueden visitar sus sótanos llenos de barricas, participar en catas o cenar en terrazas con vistas a Oporto. ¿Por qué están aquí? El viento y la exposición solar hacen el lado de Gaia más frío y, por lo tanto, con mejores condiciones para mantener el vino. Un motivo de peso pero también una cuestión económica: Antaño los impuestos eran pagados directamente al obispo, quien residía en la ciudad de Oporto y, por tanto, en esta zona, no se pagaban impuestos.

Estando aquí es imposible no adentrarse en una de esas bodegas. Sandeman, Ramos Pinto, Ferreira, Taylor’s, Croft… La oferta es tan variada como amplia pero en mi caso opté por la bodega Cálem, una de las principales bodegas productoras de vinos de Oporto. Fundada en 1859, en sus orígenes centró sus actividades en la exportación de vinos a Brasil —su logo representa una carabela, como símbolo del comercio transatlántico— pero hoy exporta a medio mundo.

La visita comienza por su museo, donde te explican la región demarcada por el Duero, la producción del vino de Porto y la historia de la bodega. Después te adentras por infinitas hileras de barricas, donde los vinos envejecen en condiciones de luz y aire protegidas y conoces aún mejor las características de cada tipo de vino de Porto (blancos, rosados, tintos estilo Ruby y tintos estilo Tawny). El broche de oro es la cata de vinos escuchando unos fados, un momento único que te recuerda la belleza de esta ciudad y sus encantos. Lo cierto es que no se me ocurre mejor final para deleitar a tus sentidos.

¿Qué hay del vino verde?
Un viaje enológico a Oporto no puede terminar sin antes conocer los vinos verdes portugueses (vinho verde), cuyo nombre se debe al color del paisaje donde se cultivan los viñedos. Protegida por las montañas y bañada por el mar, esta zona alberga unas 21.000 hectáreas de viña. Las cosas han cambiado pero antaño era habitual cultivar las viñas en pérgola o incluso a lo largo de los árboles para dejar espacio para otros cultivos. Hoy, sin embargo, son pocas las bodegas que siguen esta tradición pues la gran mayoría utiliza métodos más modernos.

Todo ello lo aprendo mientras paseo por los jardines y parques de la finca Aveleda, ubicada en Penafiel. Es un pequeño tesoro de cinco hectáreas en el que abunda una exuberante vegetación con una gran variedad de especies y árboles centenarios —cedro japonés, el ciprés de los pantanos o la sequoia americana destacan por su singularidad— que dan sombra a colecciones únicas de camelias y azaleas, entre otros. El piar de los pájaros y la fuente al fondo son los compañeros de un paseo por un jardín que comenzó a construirse en 1870 por Manuel Pedro Guedes (1837-1899). Desde entonces, cinco generaciones de la familia (más de 300 años) han seguido agregando nuevas características.

Un paseo que te lleva a conocer la finca pero también a lugares tan curiosos como el lago, la casa del té, o la fuente de Nuestra Señora de Vandoma. Y luego, el gran tesoro de la finca: su viñedo y su bodega, en la que descansan los vinos verdes que más tarde podemos probar en la enotienda. Una degustación con quesos y mermeladas que producen en la finca en un entorno que rebosa paz y tranquilidad.

De aquí solo queda regresar a la ciudad para saborear la gastronomía con los vinos de Oporto pero también alargar la noche en una terraza escuchando un fado.

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