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La sidra de la Taberna Che que impulsó el fútbol femenino en Valencia

3 julio, 2020

David Blay Tapia

Cuando, para nuestra fortuna, no existían restricciones a causa del COVID algunos lugares ya habían implantado distancias de seguridad (involuntarias) entre sus clientes. Una suerte de mesas separadas por parabanes de madera que daban privacidad a los comensales al tiempo que les permitían mirar hacia la barra y pedir una ración más. Porque siempre había espacio para ella.

Era una época aquella que mantiene tradiciones que en ocasiones parecen haberse perdido. Y que, en cuanto son redescubiertas, vuelven a convertirse en moda y a transitar de boca en boca y de Instagram en Instagram.

Ahora que reabren tabernas nuevas como si fueran antiguas toma más importancia (si cabe) haberse mantenido fiel a un estilo. Haber superado distintas crisis, incluyendo las de la comida fit. Y seguir trasluciendo una autenticidad que trasciende los tiempos merced a una tradición: la del sueño de una familia.

La semana pasada nos dejaba Pepe Ibáñez, alma de la Taberna Che, irreductible local en una avenida que se he llamado José Antonio, Antiguo Reino y Reino de Valencia desde que adquirió el traspaso en los años 80 y que sigue regalando sonrisas, croquetas, pimientos… y sidra.

 

El creciente nivel de los vinos valencianos y de las tascas de la capital del Turia ha incrementado notablemente en los últimos años el consumo de caldos propios, cuando normalmente habíamos sido más una ciudad de cañas y dobles de cerveza. Pero si algo ha mantenido este lugar (con su hijo Carlos siguiendo la tradición familiar) son los chatos más típicos del País Vasco, en torno a los cuales se han concretado numerosas historias que han cambiado la fisonomía de la urbe en aspectos muy diversos.

Uno de ellos tiene que ver con el fútbol, al que siempre ha estado ligado el apellido Ibáñez. Pero, por encima de todo, su legado es el nacimiento, implementación y auge del femenino, cuyas brasas originales se cocinaron sobre sus mesas de madera.

Si bien por su reservado (que se tapió de hecho para este propósito) pasaron la mayoría de futbolistas vascos del Valencia, la plantilla al completo antes de dirigirse a pie a jugar a Mestalla y dirigentes como Pablo Porta, José Ramos Costa o Ángel María Villar, fue en la mesa nueve donde ocurrieron muchas cosas. Cosas que hoy, 40 años después, han encontrado su tiempo idóneo.

Nadie sabe por qué abanderó la oportunidad para que las chicas pudieran disputar su deporte favorito, en una era donde el machismo, los tabúes respecto a la sexualidad y la condescendencia estaban a la orden del día.

Pero el caso es que en las horas entre los servicios de comidas y cenas, cuando bajaba la faena y no se echaba la siesta, fueron numerosas las empanadas, croquetas y sidras las que se sirvieron para poner el germen de lo que hoy es el creciente fútbol femenino. Hasta el punto de generar campeonatos de selecciones autonómicas que se financiaron con ayuda de los proveedores del bar.

Ni siquiera sus hijos, a los que vio jugar menos que a sus ‘niñas’ (a cuyos encuentros asistía cada fin de semana) sabían por ejemplo hasta hoy que donde se ubican seis de los nueve barriles de sidra que siguen llegando a Valencia desde Villaviciosa guardó chandals y balones comprados de su propio bolsillo.

Pero su mayor orgullo es ver cómo no para de llegar gente para hablarles de todas las cosas que hizo su padre. Y que, sin que nadie fuera de la familia supiera que la enfermedad llevaba ya tiempo en su cuerpo, los homenajes se sucedieran en vida como si la consolidación de su sueño deportivo fuera paralelo a su retiro definitivo.

Hoy en la Taberna Che siguen colgando carteles de torneos impensables llenos de niñas y padres que nadaron contracorriente. Grabados que explican la elaboración del vino tinto y blanco. Una pizarra con algunos caldos para acompañar su sempiterna comida de cuchara. Y, ahora más que nunca, la esencia de un hombre que dio de comer, hizo sonreír y generó esperanza.

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