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La lucha por recuperar un legado histórico

24 noviembre, 2021

Pedro R. Arias

Hubo un tiempo en que las tierras que actualmente ocupa la provincia de Castelló fueron un mar de viñas. Una tradición que se remonta a cerca de 3000 años de historia y que se prolongó hasta un tiempo no muy lejano, principios del siglo XX, cuando la plaga de la Filoxera lo arrasó. El viñedo comenzaba a orillas del Mediterráneo y llegaba prácticamente hasta los pueblos más al oeste de la provincia, y se extendía desde Sant Mateu, al norte, hasta los pueblos en la frontera con Valencia. Un mar de viñas en un entorno privilegiado, con el mediterráneo influenciándolo todo, pero con los matices que le otorgaban las montañas, pues no olvidemos que la de Castelló es una de las provincias más montañosas de España.

Los primeros atisbos de la cultura de la vid en la provincia se remontan se remontan a los siglos VII-V a. C. Como en otros puntos de la franja mediterránea se atribuye a fenicios y griegos los responsables de la llegada del la cultura de la vid. Sin embargo es en la época romana cuando se expande a lo largo y ancho de toda la provincia. 

Entre los siglos XVI y XX los vinos de la zona del Palancia Mijares o el Carlón, en el Maestrat, alcanzaron un prestigio internacional excepcional, siendo este último el vino de las cortes centroeuropeas o, por ejemplo, el más consumido en toda Argentina. Fue a principios del siglo XX cuando se formó la tormenta perfecta. Primero con la filoxera, que lo arrasó todo menos las cepas híbridas. Y después la Ley del Estatuto de la Viña, del Vino y de los Alcoholes, publicada en 1971, que prohibió la plantación y venta de estas cepas y el consumo de vinos producidos por las variedades híbridas. Fue entonces cuando el vino prácticamente desapareció de la provincia de Castellón.

A principios del siglo XXI, un grupo de viticultores decidió luchar por recuperar aquel patrimonio, motor socioeconómico de las civilizaciones que vivieron en estas tierras, originándose así los pilares de lo que hoy se conoce como la Indicación Geográfica Protegida de Vins de Castelló. Una figura de calidad, constituida en el año 2003, que en la actualidad engloba un total de dicieseis bodegas, en su mayoría jóvenes, repartidas por toda la provincia y unidas por garantizar la elaboración y la proyección de exquisitos vinos producidos íntegramente por uvas cultivadas en viñedos procedentes de las tres subzonas vitivinícolas de Castelló. Un primer paso hacia el camino a la Denominación de Origen que en un futuro, esperemos no muy lejano, permitirá colocar a los vinos de esta tierra en el lugar donde se merecen. Y es que los bodegueros castellonenses se encuentran ahora mismo inmersos en un segundo paso, que se antoja vital, para recuperar ese patrimonio vitícola que históricamente han tenido estas tierras. Alcanzar la figura de calidad de Denominación de Origen, supondría la apertura de grandes oportunidades a nivel comercial para que los vinos de Castellón volvieran a brillar por todo el mundo. Y es que, en la mayoría de los mercados internacionales, las puertas se abren de par en par cuando los vinos llevan la bandera de una Denominación de Origen. Es una oportunidad para los viticultores de Castelló, pero también debiera serla para aquellos que dirigen la Conselleria de Agricultura. A todo esto cabe sumar el elevado porcentaje de viñedos ecológicos que poseería esta Denominación de Origen.

Macabeo, monastrell y embolicaire dominan entre la amplia diversidad de variedades autóctonas del arco mediterráneo que podemos hallar en las más de 200 hectáreas de viñedos divididas entre las distintas comarcas. Siendo este uno de los aspectos más característicos y potenciales de la identidad vinícola de esta tierra, al otorgar a sus bodegueros la posibilidad de ofrecer al mercado muchas y diferentes referencias. Las maravillosas condiciones climatológicas son otra de sus claves, con grandes cambios de temperatura entre el día y la noche. Mientras que el sol del mediterráneo y su cercanía al mar permite que las cepas crezcan de una manera óptima, garantizando su mejor versión.

En pleno centro de Castelló se extiende la zona vitivinícola que aguarda más bodegas por kilómetro cuadrado, Les Useres-Vilafamés, compuesta por dos bellas comarcas. Por un lado, l’Alcalatén ubicada entre tierras vírgenes de singular atractivo y de una naturaleza única brindan oportunidades únicas de enoturismo por conocer. Rincones donde aún se preservan importantes enseres de íberos que demuestran el ancestral cultivo de la vid en la zona y un paisaje abrupto, con estrechos valles y altas montañas coronadas por el segundo pico del macizo más grande de la Comunitat Valenciana, el Penyagolosa. Y, por otro, la Plana Alta donde sus habitantes disfrutan de villas turísticas frente al mar y pujantes núcleos separados por el impresionante Parque Natural del Desert de Les Palmes. Territorio de enorme legado histórico-cultural que comprende municipios nacidos de la viña dedicados en cuerpo y alma a la confección del vino desde tiempos ancestrales, como La Torre d’en Doménec, Cabanes y Benlloc.

Constituyendo el camino natural que conecta Valencia y Teruel y torno a la parte alta del plácido río que le otorga su nombre se levanta l’Alt Palància. En esta hermosa comarca se halla la zona vitivinícola del Alt Palància-Alt Millars, un territorio lleno de lugares de gran interés cultural, gastronómico y paisajístico por conocer, como el Parc Natural de la Serra d’Espadà, el segundo entorno protegido más grande de toda la terreta. Allí en pleno interior sur de Castelló se asientan vario proyectos vitivinícolas que abren con orgullo sus puertas para ofrecer a los amantes del vino las mejores actividades y experiencias enoturísticas en los municipios de Soneja, Almedíjar y Viver.

Entre la mágica costa mediterránea y el interior norte de la provincia de Castelló se encuentra la zona vitivinícola de Sant Mateu asentada por diecisite términos municipales ubicados mayormente en la comarca del Baix Maestrat, como Benicarló, cuna del vino más emblemático e internacional de la provincia, el vino Carlón, o Peñíscola, considerada uno de los pueblos más bonitos de España. La comarca castellonense se distingue por su singular patrimonio natural, desde sus olivos milenarios de Canet lo Roig hasta los inigualables parajes de la Sierra de Irta, un paraíso mediterráneo de sierras vírgenes de recónditas calas y abrupta vegetación.

En definitiva, Castelló continúa batiendo sus alas como el gran ave fénix del vino de la terreta. Una provincia de supervivientes al frente de bodegas que han sabido recuperar la fuerte tradición vitivinícola reconocida desde hace siglos. Y cuyo esfuerzo y sacrificio sin ninguna duda debería ser recompensado con la merecida Denominación de Origen.

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