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La bodega que nació para trabajar en casa

4 febrero, 2021

David Blay

Pilar Esteve, Jose Doménech y Joan Llobell han transitado por casi todas las edades laborales que imaginamos aquellos que fuimos educados entre los años 80 y 90 del siglo pasado: estudios, primer empleo, trabajo para otros con horarios definidos y un lugar físico corporativo al que acudir y necesidad de establecerse por cuenta propia a causa de inquietudes personales diversas.

Hace tiempo que muchas personas conocen el proyecto Fil·loxera & Cia por la calidad de sus vinos. Por sus nombres estrafalarios, sacados de viejas citas bíblicas o imaginarios colectivos en torno al Freak Show. Y por su capacidad de recuperar uvas que se habían perdido en la memoria, como el arco y ‘ullet de perdiu’ que han conseguido revivir en Fontanars dels Alforins.

También, posiblemente, hayan escuchado su historia por iniciar sus producciones en un garaje, alentados por una forma de hacer las cosas artesanal, de calidad y enteramente personal.

Pero, en estos tiempos de pandemia y semiconfinamiento, su elección primigenia traspasa los valores de sus caldos y etiquetas para convertirlos en referentes. Referentes del cariño por el aire libre. De la educación en base a parámetros que parecían perdidos. Y, sobre todo, de la conciliación y la productividad.

Comencemos por el tercer socio, cuya capacidad para administrar sus tareas en remoto en un mundo habitualmente abocado al día a día en un lugar concreto establece un claro paradigma de los beneficios del trabajo a distancia.

La parte de fuerza laboral física la pone Jose, pero evidencia cómo el sector primario ha recuperado el protagonismo (y el prestigio) que había perdido antes de marzo de 2020. La importancia de lo local, de trabajar al aire libre, de realizar productos sostenibles y de compaginar la vida personal y profesional se unen en su figura.

Como el otro apartado de la conciliación se completa con Pilar, su mujer. Entre ambos crían a Pep, de cinco años, que ve cómo sus padres combinan los momentos de juego con él con la gestión de una bodega que produce 30.000 botellas al año. Y todo dentro de su casa. Donde nació y está creciendo. Mirando a través de unos ojos inocentes cómo la cultura del vino, bien entendida, puede forjar una manera de ser donde pasar tiempo con tu familia, formar parte de un proyecto vital que lo engloba todo y comprender desde pequeño que con moderación cualquier copa es una fiesta ganada al virus.

Lo cual nos deja una reflexión final: independientemente del tiempo que tardemos en ‘normalizar’ la situación que vivimos: ¿Por qué no comenzamos a consumir productos que tengan que ver con nuestra manera de ser y con la visión que queremos para este mundo cambiante?

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