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El vinho verde que achispa la visión de la Ruzafa post pandemia

21 octubre, 2020

David Blay
No deberíamos olvidar que a nuestros padres (y aún más a nuestros abuelos) acceder a conservas de calidad les suponía en algunos casos una cierta dificultad. Y en muchos otros, un placer a disfrutar en contadas ocasiones.

Quizá por eso una generación entera está volviendo a disfrutar de los escasos lugares que presentan este tipo de productos como referencia principal. Y entre visitas de los nacidos hacia la primera mitad del siglo XX y confluencia de las nuevas generaciones posteriores al año 2000 ocurre como pasan muchas cosas: que la tradición se transmite a través de las mesas.

Dos años se cumplen desde que la antigua Pescadería Pepe se convirtiera primero en La Conservera y algo más tarde, por temas burocráticos, en la Cooperativa del Mar. Todo sea dicho, un nombre más acorde si cabe a su filosofía.

Porque su gran atracción son, obviamente, las latas. Pero su empeño en trasladar las tradiciones portuguesas a un barrio tan ecléctico ha conseguido dar su fruto. Presentado en modo líquido bajo jarras transparentes de medio litro, ideales para compartir con papas y boquerones, guindillas, zamburiñas o sardinas en escabeche.

En cualquier menú de mediodía del país vecino asoma sin remisión el vinho verde, un caldo suave con reminiscencias del Ribeiro que no falta como nunca lo hacían el tinto peleón y la gaseosa en la España de la posguerra.

Y si alguien, lejos de la tradición, es fan de la cerveza, le queda la Superbock. Difícil de encontrar en la capital del Turia pero no por ello menos apreciada.

No deja de ser curioso cómo un local que abre cada día a las 19 (excepto los mediodías del fin de semana) y que no ofrece cenas al uso dispone de tanta clientela fija. La manera en que concita pequeños aperitivos con homenajes pantagruélicos. Cortezas de bacalao como descubrimiento para los niños que pintan bajo sus sombrillas con bombillas de colores acompañados de hogazas de pan procedentes del cercano Horno Valencia para mojar el caldo de los mejillones. Ese que en nuestra infancia tirábamos por el coladero del lavaplatos.

Aunque, casi sin excepción, la norma es la presencia del vino. Quizá porque tiene la medida justa. Posiblemente porque, al adquirirlo en una cooperativa, su precio sea tremendamente razonable. Pero, sobre todo, para huir de la sensación de que algo nos acecha. Como siempre ocurre en el conjunto de varias sillas y un tablón de madera: bebamos hoy este vaso, por si acaso mañana no podemos bajar a hacerlo.

El Carpe Diem clásico de una zona que siempre ha vivido pensando en el presente. Pase lo que pase.

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