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El papel de las guías

7 octubre, 2021

Salvador Manjón

Posiblemente, uno de los mayores problemas a los que se enfrentan las bodegas, es llegar a su cliente, al consumidor que compra o pide su vino en un restaurante, el que lo recomienda a un amigo o el que, sencillamente está enamorado de una determinada bodega a la que le ha jurado fidelidad eterna. Que también de estos los hay.

Pero no podemos olvidar que los consumidores somos infieles por naturaleza. Nuestro propio ADN nos lleva a ser curiosos, a querer experimentar cosas nuevas, a asumir un cierto riesgo en nuestras decisiones que nos permita disfrutar de esa dosis de adrenalina que nos haga sentir vivos. Queremos experiencias nuevas y nos gusta descubrir cosas.

Características todas ellas intrínsecas al vino y que, desde las bodegas, luchan por aprovechar, aunque muy pocas pueden sentirse orgullosas de haberlo conseguido.

Se calcula que una persona permanece frente a un lineal de vino, aproximadamente veinte segundos para escoger la botella que acabará metiendo en su carro de la compra. Sabemos que un cliente en el restaurante se siente abrumado por la carta de vinos si es muy amplia y, decepcionado si apenas contiene diez referencias. Como también está perfectamente estudiado que todos, en nuestras decisiones de compra, nos valemos de criterios generales que nos hagan ir llegando a la concreción de un producto.

Tipo de vino, variedad, país, denominación de origen, bodega y marca; podría ser una escala más o menos aceptable por la mayoría de nosotros en nuestra aventura a la hora de escoger un vino. A la que, sin duda, tendríamos que añadirle otras variables como packaging (botella, etiqueta, cierre) y precio; mucho más generales pero que, en caso de carecer de las específicas del producto, resultan de gran ayuda. Lo que explicaría la gran atención que le prestan las bodegas a estos aspectos; o los restaurantes a la colocación de los vinos con los que más rotación pretenden tener situándolos en una franja de precio media, nunca entre los más baratos y alejados de los que consideraríamos “aspiracionales” y reservados para grandes ocasiones.

Criterios que deberían llevarnos a entender mejor la disposición y argumentos de venta utilizados por los restaurantes o tiendas de vino, ya sean más o menos especializadas, más o menos grandes; en su estrategia de vendernos un determinado vino. Porque, no se engañen, todos tienen unos intereses que les llevan a dirigir, en un sentido más o menos amplio, nuestra elección de compra. Lo que no significa que sea malo en sí, ya que la paleta de productos que nos ofrezcan debería ser siempre lo suficientemente variada como para cubrir nuestras expectativas y facilitarnos la elección.

Pero no olvidemos que el criterio que acabará imponiéndose en la decisión de compra será siempre el del consumidor, el cliente. Ese que acabará pagando una cantidad de dinero con la esperanza de satisfacer una serie de aspiraciones que tiene para cuando lo consuma. En conseguir no defraudarlo reside una parte importantísima de su negocio, ya que un cliente decepcionado es un cliente perdido.

Como ya hemos tenido ocasión de comentar en colaboraciones anteriores, el vino es un producto que atrapa, que entusiasma y genera adicción. No de la mala, sino de la que está relacionada con la cultura en su sentido más amplio de la palabra, la del conocimiento. Verdadero concepto que nos hace libres.

Entender lo que hay detrás de un vino, cómo y con qué se elabora, cuál ha sido el camino que ha recorrido hasta llegar a nuestras manos, cuáles son las características que deberíamos encontrarnos una vez descorchada la botella y en qué ocasión, con quién y para qué la hayamos adquirido es toda una experiencia religiosa a la que ninguna persona debería renunciar.

Mientras esos conocimientos y experiencia van adquiriendo forma en nuestra mente, es conveniente dejarse aconsejar de tal forma que la experiencia de otros nos sirva de introducción a la que nosotros deberemos ir formando. Publicaciones, prescriptores y recomendaciones son algunos de los medios con los que podemos hacerlo y, especialmente con las guías. Ya que en ellas se concentra la experiencia adquirida por la cata de quien la escribe, con el conocimiento de los vocablos con los que trasmitir esas sensaciones que percibiremos cuando bebamos ese vino.

Pero no se engañen, que nada es tan sencillo. Esto tampoco. Las diferentes preferencias que cada uno tenemos, muchas de ellas adquiridas con el paso de los años de una forma involuntaria por las costumbres y tradiciones del ámbito que nos rodea, hacen que la elección de un producto adquiera la forma como una especie de campana de Gauss, en cuya cúspide encontraríamos a los vinos cuya excelente calidad está por encima de opiniones (otra cosa es que para un momento concreto cada uno de nosotros lo eligiéramos o no; o que el precio exceda nuestras posibilidades). Mientras que en la base estarían aquellos más accesibles.

Teniendo en cuenta que el criterio varietal es uno de los primeros a la hora de decidirse por una referencia u otra (¡Un Verdejo, por favor!), no parece mala cosa irse hacia una Guía que, entre los atributos de sus vinos, ponga en valor el de la variedad principal con la que han sido elaborados. Cuyas aptitudes enológicas básicas puedan ayudarnos a entender lo que nos gusta de esos vinos y permitirnos ir un paso más allá en la elección de la zona de procedencia, o ya avanzando más, en la denominación. Las hay, en especial una, la que edita La Semana Vitivinícola, medio que me honro en dirigir. Su clasificación por variedad y su App para móviles y dispositivos Android, la convierten en una práctica y cómoda herramienta de aprendizaje.

www.salvadormanjon.com

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