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Diego Laso, el sensei de Aikido

22 octubre, 2021

David Blay

Arrancamos una nueva visión de entrevistas con personas vinculadas al mundo de la gastronomía. Tienen prohibido pronunciar la palabra ‘cocina’ o cualquiera de sus derivados y realizamos junto a ellas un ejercicio de imaginación en el que tomaron un camino profesional diferente hacia algo que les apasionó laboralmente en su infancia (o lo sigue haciendo y está presente en sus vidas).

‘Yo tenía claro que me gustaban las artes marciales y la cultura japonesa. Durante mi juventud no sabía como materializarlo más allá de practicar karate, ver Dragon Ball y tener posters de Jackie Chan, Jean Claude Van Damme y Noriyuki Pat Morita (el señor Miyagi de Karate Kid) en mi habitación. Pero el sentimiento era tan fuerte que casi acabé dejándolo todo por alcanzar ese objetivo’.

Diego Laso es el propietario del restaurante Momiji en el Mercado de Colón, y socio de otros dos conceptos que triunfan en Palma de Mallorca. Pero su primera opción vital no fue la cocina. Ni siquiera la nipona.

‘Me inicié a los 14 años porque no me gustaba ningún deporte de equipo. Y pronto comencé a hacer girar mi mundo en torno a esa filosofía: me leía enteras las revistas Dojo y Cinturón Negro y me recorría los gimnasios en busca de algo que me hiciera asentar lo que sentía’.

Asegura que durante mucho tiempo ‘iba con una mochila al hombro buscando a un maestro que me convenciera. Lo más cercano que tuve fue un profesor de Tai Chi que se había formado con un sensei chino y un año entero estuve practicando e instruyéndome’.

Por el camino, cuenta además, no había otro horizonte ni personal ni laboral para él. ‘Pasaba mis días estudiando japonés, buscándome tres trabajos de lo que fuera para ganar algo de dinero e ir ahorrando y sin ningún otro tipo de perspectiva que no fuera dedicarme enteramente a ese mundo’.

La revelación llegaría cuando, sobre el mismo tatami donde se ejercitaba, alguien depositó un folleto de Aikido. ‘Ahí encontré por fin el camino que llevaba buscando nueve años. Para mí los maestros eran como los Jedi, capaces de doblegar a un adversario sin utilizar los puños ni las piernas. Y junto a mis compañeros comencé a planear un viaje a Japón para recibir formación en el Hombu Dojo’.

Pero como suele pasar en proyectos a un año vista, todos sus acompañantes de aventura se fueron cayendo por el camino. Lo que no fue óbice para que Diego decidiera marcharse solo a Tokyo. Y descubrir el reverso de una vida cómoda en España.

‘Unas personas de allí me aconsejaron con buena intención, pero lo hicieron mal. Vivía a 70 kilómetros de la ciudad, prácticamente me gasté todo el dinero al llegar en el alquiler y la fianza. Dormía en un futón sin nada más, disponía de un cazo para hacerme la comida y me tenía que duchar a diario con agua fría. Ahí comencé a trabajar en restaurantes, pero por una necesidad imperiosa de supervivencia. Y acabé regresando, aunque con la idea clara de volver en cuanto fuera posible’.

Aquello sucedió poco tiempo después. Más curtido, con mayores ahorros y dominio del idioma, se marchó con un plan a ocho años. ‘Tenía claro que debía examinarme allí de cinturón negro y llegar al Cuarto Dan en ese tiempo. De hecho, casi diría que quemé aquí las naves, porque salvo la familia apenas dejaba nada atrás’.

En esta ocasión, además, pudo introducirse en las clases privadas de un reputado maestro y tenía encarrilada su vida y su carrera en una sociedad donde además se encontraba plenamente integrado y de la que disfrutaba debido a su conocimiento y admiración.

‘Pero, por alguna razón que todavía desconozco, cuando debían darme el visado definitivo no me lo renovaron. Y me derrumbé, porque yo no tenía Plan B. Mi idea era estar allí, vivir allí, entrenarme allí. No sé si quedarme o no, pero en caso de volver tenía ideas sobre cómo quería abrir un Dojo diferente. Ser un emprendedor, pero en lugar de en el mundo gastronómico en el de las artes marciales’.

‘Al final’, concluye, ‘Momiji es parte de esa idea. No es solo comida. Es cultura. Es tradición. Es filosofía vital japonesa. Pero su creación fue circunstancial. Yo lo que quería era ser profesor de Aikido’.

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