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Coviñas: el vino como motor socioeconómico de un territorio

26 noviembre, 2021

Jaime Nicolau

La historia de la comarca de Requena-Utiel siempre ha ido de la mano con la historia del vino. Pero hace poco más de medio siglo, diez cooperativas deciden unirse para conformar Coviñas con el objetivo claro de apostar por el embotellado y la comercialización. Aquellos socios tomaron entonces una decisión de presente que cambió el futuro de las generaciones venideras. Hoy son 3000 familias las que hay detrás de un proyecto que se ha convertido claramente en el motor socioeconómico de la comarca.

José Miguel Medina es el presidente de Grupo Coviñas, pero por encima de todo es viticultor. «El vino es la gran oportunidad de este territorio, de esta comarca, de la Denominación de Origen Utiel-Requena», señala antes de añadir que «hay otros cultivos, como el almendro o el olivo. Pero lo que de verdad tiene tradición, lo que tiene cultura, lo que tiene arraigo, es la cultura del vino». La fórmula está clara, pero no serviría de nada conseguirlo a cualquier precio. «Tenemos que buscar una viticultura digna para el agricultor, pero la gran oportunidad de este territorio, de esta comarca, es el vino», asevera.

El cooperativismo comienza en la zona hacia la década de los 40 del siglo XX. «El modelo que surgió de la necesidad de que los pequeños viticultores pudieran desarrollar su trabajo, pudieran emprender una acción comercial y, sobre todo, mejorar la calidad. Algo que estaba tan de actualidad en aquellos años sigue estando de actualidad en este momento. Pensar en que los miles de viticultores tengan su propia bodega es una utopía. Lo viable es unirse. Las cooperativas son las que crean el desarrollo y riqueza, las que fijan población en el medio rural y desde luego, las que siguen siendo necesarias para que el viticultor pueda seguir desarrollando su trabajo», argumenta Medina.

Pasea por un viñedo precioso con una botella en la mano. Es Enterizo, mucho más que una marca para Coviñas. «Hace 56 años nuestros antepasados decidieron iniciar el proyecto embotellador y comercializador con esta marca y hoy, 56 años después, sigue estando en los lineales, donde los consumidores pueden disfrutarlo», concluye.

José Manuel es técnico de campo de Grupo Coviñas, pero también es viticultor y representa a esa generación que partió de su pueblo para buscarse el sustento y hoy, unos años después, ha regresado gracias a la agricultura. «La agricultura para mí supone un poco como volver a los orígenes, pues mi padre ya tenía una pequeña explotación vinícola. Así que yo tenía la inquietud de comprar mis propios viñedos, empezar un proyecto mío pequeño, al que solo le puedo dedicar los fines de semana, mi tiempo libre. Es amor por la viña, por la tierra, por hacer lo que me gusta», señala con un brillo especial en los ojos. «La viticultura o la agricultura en la zona es una oportunidad para personas de mi generación o más jóvenes».

La de José Manuel es la historia de tantos otros jóvenes viticultores que un día marcharon por la falta de oportunidades y que han regresado para trabajar en lo que les gusta cuando pensaban que ya nunca lo harían. Así la resume: «Yo empecé a estudiar enología porque era lo único que me gustaba. Cuando no sacaba buenas notas mi padre me castigaba yendo a la viña. Hago el grado medio de técnico superior en la escuela de Requena. Me enamoro de este mundo y decido continuar en la Universidad Politécnica, haciendo ingeniero técnico agrícola. Voy haciendo vendimias de una bodega para otra en otras zonas y cuando termino la ingeniería empiezo a estudiar la licenciatura en enología. Entonces me surge la oportunidad de ir a trabajar a Burdeos. Desde allí regreso y paso por bodegas de Alicante y La Mancha. No me planteé nunca volver a Requena, mi pueblo. En 2014 me llaman de una bodega de aquí y no sé por qué decido volver. Lo que iba a ser un puesto transitorio de un par de años acaba en que veo que puedo ganarme la vida y decido comprar los viñedos, como la única forma de atarme aquí a la zona y hacer lo que más me gusta».

Pero si importante es el modelo cooperativo para los jóvenes, no lo es menos para las mujeres que cada vez pisan más fuerte en el mundo de la viticultura y la enología. Una de ellas es María José, enóloga de la cooperativa de Las Monjas. «Soy nacida en Utiel y nieta de viticultores. La viticultura y la enología siempre han estado ahí. Con once años me fui a Valencia, estudié allí y jamás pensaba que iba a volver. Venía los fines de semana, las fiestas y en vendimia para ayudar a la familia. Estudio ingeniero técnico agrícola. La enología se cruzó en mi camino y me salió trabajo aquí en la zona. Volví y ya no me marcharía», nos explica.

La mujer siempre, siempre, ha estado presente en la viticultura y en la enología. La diferencia es que antes las mujeres se dedicaban a determinadas tareas del campo, eran las que venían a sarmentar o a echar una mano en vendimia. Pero con el paso de los años nos hemos profesionalizado. Cuando yo entré en el mundo de la enología había solamente una mujer, el resto de enólogos eran hombres. Ahora hay muchas mujeres en bodegas, cooperativas o técnicos de campo y te diría que en casi todas hay presencia de mujeres en los departamentos técnicos», señala sabedora de que algo ha cambiado y caminamos en la dirección correcta.

Como hemos comentado, actualmente, Grupo Coviñas aglutina a 10 cooperativas por lo que uno de los trabajos más importantes es la coordinación de un engranaje de muchas piezas. Esa es una de las labores de Luis Miguel Calleja, director técnico de Coviñas. «Para coordinar todo, todos los esfuerzos y todos los trabajos realizados por nuestros agricultores solo se puede trabajar teniendo un equipo que coordine y organice todo este conglomerado de situaciones que se producen en cada una de las cooperativas. Nuestro equipo técnico se dedica a trabajar en el campo, coordinando con los agricultores el cuidado de las viñas, la maduración y luego dirigiendo las vendimias bodega por bodega».

Es el único camino para llevar a buen puerto una producción que supera ya los 16 millones de botellas. «Nuestros vinos tienen un sello de identidad muy propio y son inconfundibles. Son vinos que van a aportar personalidad, estructura y algo diferenciador con una alta calidad. No podríamos funcionar sin ese trabajo en equipo. Nos apoyamos unos en otros y es la única forma de que Coviñas pueda triunfar. Estamos embotellado un trozo de nuestra tierra, de nuestra cultura, de nuestra diversidad. Y eso es lo que estamos transmitiendo al mundo», añade Calleja.

Y es que Coviñas no ha dejado de crecer. Bien lo sabe su directora financiera, Carmen Montó. Una requenense que también salió para formarse en busca de oportunidades y que, tras una brillante trayectoria profesional, hoy es un pilar fundamental en Coviñas. «La cooperativa es claramente el motor socioeconómico de esta comarca. Además de agrupar a más de 3000 familias, que son los agricultores que cultivan las uvas que luego van a nuestras cooperativas, genera muchos empleos en las propias bodegas, en las propias viñas o como empleos indirectos. Esta comarca no podría vivir sin la agricultura, no podría vivir sin el vino y no podría vivir sin Coviñas», señala con rotundidad antes de hacer un recorrido por su viaje de ida y vuelta a un territorio que lleva en el corazón. «Yo nací en Requena, de hecho mi abuelo fue un socio fundador de una de las cooperativas, la de Campo Arcís. Me marché a estudiar a Valencia. Empecé a trabajar en la docencia, en la Universidad de Cuenca. Posteriormente me fui a Madrid, a una gran multinacional. Nunca creí que iba a volver a mi tierra. Cuando me llamaron de Coviñas me sentí muy orgullosa de poder formar parte de esta gran familia y poder aportar todo lo que estuviera en mi mano. Y jamás,  jamás, me he arrepentido de tomar esa decisión. Jamás», repite con fuerza.

Y han pasado más de dos décadas y Carmen es testigo directo de la evolución de Coviñas. «Cuando yo llegué Coviñas estaba empezando a crecer con el boom de la exportación a mediados de los 90. Entonces los socios tomaron una decisión muy importante: dejar los beneficios que produjeron aquellas operaciones que eran notables, para que Coviñas creciera. Así se hizo la gran nave de barricas, los almacenes anexos y así hemos seguido año tras año, invirtiendo mucho buscando lo mejor para los agricultores, decidiéndolo ellos mismos, que al fin y al cabo son nuestros dueños». Y es que son esas inversiones constantes las que han llevado a Coviñas a lo que es hoy. «Es constante y centrando principalmente en la optimización de los recursos, en poder ser más rentables, más competitivos y también, con los tiempos que corren, en ser cada vez más sostenibles», concluye Carmen Montó.

Pero toda esta estrategia se tangibiliza con el trabajo en la calle, en el mercado, en el mundo. Jorge Srougi lo sabe bien, es el subdirector comercial de Coviñas. «Una muestra de que Coviñas es el motor económico de la zona es que actualmente estamos vendiendo más de 16 millones de botellas, creciendo en un entorno Covid complicadísimo con respecto al año pasado, estando presentes en más de 30 países, en los cinco continentes. Países tan dispares como Holanda, Japón, Australia, Brasil… Coviñas está representada en todo el mundo y para nosotros es un orgullo. Se dice que cada dos segundos se abre una botella de Coviñas en algún rincón del mundo», nos explica. «La estrategia es una expansión continua y sostenible con la idea de conseguir embotellar todo el vino que producen nuestros socios e ir creciendo tanto en España como en el resto del mundo», añade convencido de que el mensaje de Coviñas cala. «La esencia de Coviñas cuando viajamos por el mundo es muy fácil de contar. Coviñas tiene verdad y da igual si la cuentas en Japón, Bélgica o Alemania. Tenemos 3000 familias detrás de nosotros, miles de hectáreas de viñedo propio, 10 cooperativas elaborando vinos de una excelente calidad-precio que conseguimos llevar por todo el mundo… Cuando la gente abre una botella de Coviñas y conseguimos contarle quiénes somos, los tenemos para siempre», concluye.

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