8 julio, 2026
Texto: Mar Lafuente // Fotografía y vídeo: Vicent Escrivà
Donde hoy crecen viñas, hace unos años estaba prevista la construcción de cerca de mil viviendas unifamiliares. Donde ahora se vuelven a levantar muros de piedra en seco, la biodiversidad recupera terreno y la moscatel encuentra una nueva forma de expresarse, el futuro parecía estar escrito en clave urbanística. Pero la historia cambió; y lo hizo gracias a una idea que Curro Ruiz de la Torre comenzó a imaginar hace más de una década, la de utilizar el vino como herramienta para recuperar un pequeño rincón de la Marina Alta. Así nace Coster d’En Sala, un proyecto joven que mira al futuro sin perder de vista el paisaje, la historia y la personalidad de un territorio único.

El escenario es la partida de Yuca, entre Jávea y el Poble Nou de Benitatxell, un espacio entre el Rebaldí, el Tossal de la Llorença y el Tossal Gros, con el Mediterráneo a apenas dos kilómetros y la sensación constante de estar en un territorio suspendido entre el mar y la montaña.

Allí trabaja Curro Ruiz de la Torre, impulsor de Coster d’En Sala, que resume el proyecto sin rodeos: “Es una idea loca que se basa en recuperar un trocito de la Marina Alta para dejarlo en mejores condiciones a la siguiente generación”. Y en esa frase caben todas las piezas, desde el viñedo, el paisaje, la biodiversidad… hasta una forma diferente de entender el territorio.
La historia de este proyecto alicantino no empieza en una bodega ni en una tradición familiar. Empieza en un cambio de perspectiva. Durante años, estos terrenos habían estado vinculados al desarrollo urbanístico ligado a la ampliación de un campo de golf situado a escasa distancia. El plan se resumía en viviendas, urbanización y transformación completa del paisaje, pero la crisis inmobiliaria lo detuvo todo y en ese vacío apareció la oportunidad.
Curro llevaba tiempo dándole vueltas a la idea de dar forma a un proyecto vitivinícola en la zona de la Marina Alta. Conocía la comarca desde hace bastante tiempo y, como él mismo reconoció, fue la luz lo primero que le atrapó. Después llegó el territorio, la gente y una convicción de que aquí había una de las zonas más singulares del Mediterráneo para elaborar vino.
En 2021 empezó a dibujar el proyecto, en 2017 adquirió las primeras parcelas y en marzo de 2020, en plena pandemia, plantó la viña. Pero no fue hasta 2024 cuando llegó la primera vendimia. Un calendario que explica muy bien lo que es Coster d’En Sala: paciencia, observación y construcción a largo plazo.
Están ubicados en una de las zonas más particulares de la Marina Alta. Una comarca con una tradición vitivinícola muy antigua, con referencias históricas que se remontan a lugares muy cercanos como es el Alto de Benimaquia, considerado uno de los asentamientos vitivinícolas más antiguos del Mediterráneo occidental.
Concretamente se encuentran en una de las partidas más frías de la comarca, comparado incluso con zonas del interior, asegura Curro. El viñedo está rodeado prácticamente en 270 grados por el mar Mediterráneo, lo que genera un microclima muy particular. El Llebeig, esa brisa marina húmeda del suroeste, modula las temperaturas y marca el ritmo vegetativo de la viña. Las diferencias térmicas respecto a otras zonas cercanas pueden llegar a ser de hasta ocho grados en verano.

A ello se suman unos suelos singulares, arcillo-calcáreos con presencia de hierro en las zonas bajas y suelos más pobres, típicamente calcáreos, en las laderas. Una combinación que aporta diversidad y complejidad al viñedo.
Todas estas condiciones son fundamentales, pero igual de importante es la filosofía del proyecto: recuperar, embellecer y “tradinnovar”. Recuperar un viñedo que estaba en desuso o que nunca llegó a existir como tal en este formato. Embellecer un paisaje que forma parte del relato turístico y cultural de Xàbia y su entorno. Y “tradinnovar”, un concepto que Curro utiliza para definir la combinación entre tradición y ciencia. “Las cosas que hacían nuestros abuelos las pasamos por el tamiz de la ciencia. Si estaban bien, las mantenemos. Y si no, las cambiamos”, explica.
Ese enfoque se traduce en decisiones muy concretas en la viña, como la recuperación de muros de piedra en seco, reconocidos por su papel en la estabilidad del suelo y la prevención de erosión, convive con sistemas de conducción poco habituales en la zona. Lo hace con el objetivo de adaptar la viña al entorno y no al revés, buscando racimos equilibrados, aireados y capaces de expresar el carácter del lugar.
La biodiversidad también juega un papel central. Se mantienen cubiertas vegetales naturales, se incorpora materia orgánica procedente de la poda y se fomenta un ecosistema donde conviven almendros, algarrobos, olivos y vegetación autóctona junto al bosque mediterráneo.

Coster d’En Sala llega al mercado con tres referencias que funcionan como primeras interpretaciones de este paisaje: Brizal de Xàbia, Terra Xàbia Blanc y Terra Xàbia Negre.
Brisal de Xàbia es la lectura más directa de la Moscatel de Alejandría en seco. Una variedad profundamente arraigada en la zona que se trabaja desde la frescura y la tensión, alejándose de los perfiles más exuberantes para buscar equilibrio y elegancia. “Queremos aligerarla, hacerla más fresca, más fina”, explica Curro.

Terra Xàbia Blanc es el vino que da forma al concepto inicial del proyecto. Un blanco mediterráneo, mineral y persistente, pensado para la gastronomía local, como pescados, arroces, carnes blancas y cocina de horno.

Y Terra Xàbia Negre, por su parte, es su contrapunto tinto. Elaborado con variedades mediterráneas y con protagonismo de la Giró, busca la misma idea de frescura, sapidez y carácter salino, con un perfil ligero y gastronómico.
Así, Coster d’En Sala no es solamente un proyecto bodeguero. Es una forma de intervenir en el paisaje sin transformarlo de manera irreversible y una manera de demostrar que la viticultura puede ser también una herramienta de recuperación ambiental y cultural. Quizá por eso cuando Curro habla del futuro del proyecto, no lo hace en términos de crecimiento, sino de consolidación. Ver un viñedo más asentado o ver cómo un paisaje se traduce en vino y comprobar que aquello que pudo ser una urbanización hoy es, simplemente, otra cosa. Una mucho más difícil de construir y también mucho más difícil de sustituir.
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