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Casa Montaña, la bodega en la que el tiempo se detuvo

21 mayo, 2021

Olga Briasco / Fotos y Vídeo: Fernando Murad
Han pasado muchos años, incluso siglos, pero ella sigue intacta, con sus barriles altos y ese olor a vermut que te transporta precisamente a ese pasado que es casi imposible de adivinar al salir de Casa Montaña y pasear por el barrio del Cabanyal-Canyamelar. No lo vamos a hacer, vamos a quedarnos en su interior para descubrir sus secretos y recordar un pasado que aquí es presente. Lo es porque desde que sus puertas se abrieron en 1836 ha sido un punto de encuentro de personas a las que les gusta disfrutar de largas veladas en torno a un buen vino y reencontrarse con los sabores de siempre.

Un viaje de tres siglos que comienza cuando Alejandro García, hoy al frente de Casa Montaña, abre la puerta y deja entrar esa luz mediterránea que cobra de vida artilugios que hoy son parte de la decoración. Los ojos se van a las barricas de madera, a la barra que ha escuchado infinidad de tertulias, a las botellas antiguas y a esos carteles que anuncian bebidas míticas, como el vermut caselles. También a esos azulejos de la época y a la puerta modernista que da la bienvenida desde hace siglos. El reloj marca la hora de hoy pero bien podría ser de otra época; aquella en la que los marineros al salir del muelle llegaban a la conocida como La Tenda y a los que, quizá, se les cobraba con esa máquina registradora que sirve de decoración.

Pedirían agua de Seltz —aún está el dispensador— y la mezclarían con vino o, como era típico en Casa Montaña, con mistela. Lo llamaban champanillo y servía de acompañamiento para el aperitivo. Tiempos mejores pasaron para esos grandes barriles de castaño que flanquean la sala, aunque los más pequeños siguen almacenando el vermut que se elabora en Casa Montaña. “Su fórmula magistral data de 1904 y su particularidad reside en que se conserva en los barriles, también de castaño”, comenta Alejandro sobre esa bebida que tanto caracteriza a la bodega. Los nuevos tiempos hacen que ese vermut casero junto a la mistela, el Brandy Reserva y el Ron Negro lo embotellen y vendan con unas simpáticas etiquetas de Mariscal.

Hoy la bebida la elegimos a través de esa pizarra repleta de referencias valencianas —son el 50%— y algunas extranjeras y nacionales. La selección la hacemos analizando bien la historia que envuelve al vino, potenciando esos proyectos personales que ofrecen vinos de gran calidad”, detalla resaltando esa humanidad que hay detrás de la botella que ofrece a los clientes. Una forma de apostar por proyectos cercanos que se ha visto acentuado por la pandemia. Otra opción, como apunta Alejandro García, es elegir un vino de la casa, elaborado en sus propios viñedos.

Alejandro sirve el vino de la casa. Un gesto cotidiano con el que revive la dedicación de quienes antes que él sirvieron copas y vasos en esa misma barra. En esos breves instantes mantiene viva la esencia de Casa Montaña desde que abrió sus puertas. Un pasado escrito por sus fundadores, por Ramona Montaña Romeu, por el matrimonio Omedes – Doménech, María Pérez, René Soriano March y Juana María Reus March, Santiago Polo García… y, ya 1994, Emiliano García Domene. “La esencia del primer día se mantiene gracias a que todos los propietarios hemos mantenido la bodega como el primer día —con algunas modificaciones para adaptarla a los nuevos tiempos— y esto ha sido posible gracias a que cada uno de ellos ha sabido transmitir esa dedicación y pasión por la bodega y el barrio”, comenta Alejandro.

Su padre, Emiliano García, recibió ese conocimiento del artista Santiago Polo pero es la figura de René la que más se recuerda en el barrio: “era un persona muy vital, que se movía de un lado a otro de la barra, escribía los vinos con la tiza y tenía una personalidad muy marcada”. Tal fue su huella que algunos clientes, al ver la bodega tal y como la recordaban, se extrañan de no verle: “es muy emotivo ver cómo gente en torno a los setenta años le recuerdan y te cuentan anécdotas”. Emoción por seguir siendo un punto de encuentro y por mantener ese legado que se ha ido transmitiendo.

Alejandro también transmite ese amor al hablar de Casa Montaña. Se le intuye esa sonrisa de orgullo por estar al frente de un local que se ha convertido en toda una institución en València y, especialmente, en el barrio del Cabanyal-Canyamelar. Lo de Alejandro no fue un flechazo, incluso recuerda cómo pensó que su padre estaba loco al adquirirla. Pero pronto se contagió de su encanto y, aunque estudió Ingeniería Industrial, optó por hacer el relevo a su padre: “Siempre venía aquí para ayudar porque me gustaba más estar aquí que mi carrera. Mi hermana María, por ejemplo, que es veterinaria, se está enganchando ahora pero más en el área de gestión”.

La armonía de las tapas de siempre
Lo cuenta alrededor de esos grandes barriles; al igual que lo hacían antaño aquellas personas que esperaban a que se llenara su botella o incluso pedían una copa de vino. Hacia 1980, la propia clientela pidió algo para picar y así surgió el embrión de lo que es hoy Casa Montaña: Un lugar en el que beber y comer bien. Viandas que puedes leer en esa tabla de madera quebrada por el paso del tiempo que cuelga tras la barra y que desde tiempos inmemorables anuncian sus míticas habas estofadas, así como sardinas y boquerones. Al final, un espacio en blanco para apuntar las patatas bravas, que por su elaboración solo se podían servir por las noches.

Recetas que, junto a la titaina, se han transmitido desde que la familia Montaña regentaba el lugar. No se trataba de entregar las llaves y ya está, sino de explicar cómo funcionaba la bodega, sus secretos y transmitir ese cariño por la bodega y el barrio”, cuenta Alejandro mientras nos agachamos para pasar por debajo de la barra y acceder al comedor. Es la tradición pero también se puede optar por dar la vuelta y acceder por la puerta de atrás.

La mirada se va a la mesa de piedra que hay a la izquierda y en la que se reunía la familia para comer. Aquí, el olor a barrica cambia a los propios de una cocina que comienza a elaborar los platos de los primeros comensales. Antaño la variedad de la carta era más reducida pero con la llegada de Emiliano García en 1994 se amplió la oferta gastronómica y vinícola. “Se mantuvo la misma filosofía de producto pero se añadieron elaboraciones algo más complejas, siempre manteniendo esa idea de cocinar al momento”, explica Alejandro sobre una cocina sin grandes artificios pero repleta de sabor.   

Sabores que se intensifican por los vinos pero también por el comedor, que te transporta a los orígenes de Casa Montaña y su pasión por el vino. No lo vemos, pero detrás de ese salón había seis depósitos de obra, que se han transformado para contener uno de los tesoros de Casa Montaña: una bodega única que en su día llegó a tener 1300 referencias. Hoy son muchas menos —en la actual hay 300— para priorizar la calidad y la selección de vinos únicos pero también por la opción de tomar vinos por copas. De hecho, Emiliano García apostó por los vinos valencianos cuando no estaban tan arraigados y fue el primero en introducir el vino por copas en la ciudad.

La bodega no ha cambiado pero, al igual que Alejandro y todo se equipo, añora el ruido de la clientela, los gritos de la comanda superando las risas que van de barril en barril y los taburetes alineados en la barra. Un silencio que invita a recrearte más en el espacio y a disfrutar la velada de una forma más pausada. También a valorar aquellas pequeñas cosas que hoy valoramos aún más. “Se disfruta de otra manera porque aunque no tienes ese bullicio de taberna tienes la opción de dedicar más tiempo a atender las mesas y a ser parte consciente de Casa Montaña, comenta Alejandro sobre esa representación que tiene lugar cada día y en la que él y su equipo juegan un papel esencial.

Al salir miro a ese mural de sus paredes que recuerda el año de su fundación y contemplo la fisonomía de Casa Montaña. Su exterior ha cambiado pues antaño era una barraca —se compró por 10.000 pesetas— pero en 1880 se acometió una reforma, dando lugar al edificio de fachada actual. Así se ha mantenido hasta entonces, viendo evolucionar un barrio que también ha cambiado y siendo un punto de encuentro de a quienes les gusta disfrutar de los pequeños placeres. Pasarán los años, la sociedad cambiará y el barrio será distinto, pero ella, Casa Montaña, seguirá fiel a sus principios y servirá de refugio para muchas otras personas.

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Un comentario en Casa Montaña, la bodega en la que el tiempo se detuvo

Michel el 24 mayo, 2021 a las 8:40 am:

Super lugar.

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