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Y la casa sin barrer

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José Antonio López
Y pasó la Navidad y la fiebre de las rebajas y… cualquier otro evento que haya hecho que el mes de enero se presente como un problema de ausencia de negocio en la hostelería. Y falta febrero que es cuando vienen los cargos de las tarjetas de crédito. ¿Cuesta de enero…? Y de febrero y de marzo y de abril… como sigamos así.

Servidor se ha dado una vuelta por los bares y restaurantes como es mi obligación. He pulsado la opinión de propios y extraños y mi conclusión no puede ser mas desoladora. Lo siento. Es lo que hay.

Mi amigo Pedro, que sabe más por viejo que por diablo, me puso un símil.

Imagínate, me dijo, que estás en una empresa donde hay que renovar los cargos de dirección. Es una multinacional con mucho peso y con una imagen que, poco a poco, ha ido recuperando su credibilidad, después de pasar un bache que, más que bache, era un socavón. Esta es una realidad, lo demás cuentos.

Los candidatos a ocupar los puestos de dirección, cuya responsabilidad es llevar a la empresa adelante dejando las particulares tendencias y poniendo toda la carne en el asador por el bien común, han decidido invitar a comer, en un afamado restaurante, a los representantes de las diversas tendencias que, teóricamente y repito, tienen la primordial obligación de hacer que la compañía triunfe y, además, garantizar la estabilidad de sus empleados y mejorar su nivel de vida.

En el afamado restaurante, se han presentado los diversos representantes. Sabiendo dónde van y la imagen que han de dar, algunos de ellos van correctamente vestidos. Otros van de una manera informal. En la puerta, el jefe de sala, les pide a los “informales” que cumplan con las normas de la casa. Corbata y chaqueta y, si no la llevan, la casa les prestará una. Son las normas y si no les gustan, busquen otro sitio.

No es cuestión de democracia ni de ataque a la libertad. Las cosas son como son y hay que respetarlas o, en su defecto, cambiarlas cuando se tenga poder para hacerlo, pero nunca en casa de otro. En mi casa mando yo. En la suya, usted.

El jefe de cocina, alertado por la disparidad de criterios a la hora de la selección de menús, se ha aprovisionado de todo lo posible y por haber. El jefe de sala y su brigada están al tanto del más pequeño detalle. Todo ha de salir perfecto porque, además, se ha invitado a la prensa para que deje constancia, al menos por unos minutos, del gran suceso. Hay que cuidar la imagen del local que tantos años ha costado construir.

Ya en la copa de bienvenida comienzan los problemas. Vino, cerveza, vermut, combinados… los grupos se han concentrado como lo que son, grupos. Nadie ha tenido la feliz idea de juntarse unos con otros e intentar comprender las razones, posiblemente dispares, que han de llevar a que la compañía siga su andadura, triunfando.

Si uno toma cerveza, yo no porque no estoy de acuerdo y critica a la cerveza, no al que la toma, fastidiando a la industria cervecera. Engorda. Los del vino reciben críticas porque es muy temprano para tomar una bebida de alto contenido alcohólico (¿…?). Nuevo fastidio para la industria vinícola. Ni hablar de los combinados visto lo anteriormente expuesto. Nadie se ha dado cuenta de que, la compañía, tiene intereses en empresas cerveceras, vitivinícolas y de alcoholes y refrescos para combinados.

Lo importante es no juntarse unos con otros.

Y los empleados esperando un resultado que les permita tener la seguridad de su empleo, su sueldo y su dignidad.

Mientras tanto, otras compañías, van ganando terreno en el espacio que va dejando libre la que tantos problemas de dirección tiene. El día tiene 24 horas y hay que trabajarlas. Camarón que se duerme se lo lleva la corriente.

Seré breve. No les cuento la hora de la comanda, la situación de los distintos grupos en las mesas y los argumentos llenos de razones que nadie entiende.

No se llegó al consenso, pero todos comieron, bebieron y casi al final, eran amigos. Pero una cosa es la mesa y otra levantarse de ella. Y cuando llegó el momento de la despedida, cada uno se marchó por su lado, criticando al otro y prometiendo que, cuando ellos manden, la cosa cambiará.

Nadie escuchó a los que estaban fuera, cumpliendo con sus obligaciones y preocupados por su futuro. Nadie se preocupó de que la competencia estaba ganando terreno minuto a minuto.

Todos alabaron el cochinillo excepto los vegetarianos.

¿Tan difícil es ponerse de acuerdo en proteger el bien común?

Hay personas que no merecen estar en un consejo de administración.

Pedro, que sabe más por viejo que por diablo, me comenta que van a volver a reunirse tras devolver la corbata a la salida del restaurante.

Y mientras, la casa sin barrer.

4 comentarios en Y la casa sin barrer

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