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Vivan las colas

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José Antonio López
La verdad es que, servidor, no es un viajero consumado. Pocas veces salgo del circuito Valencia, Benetusser, Albal y Catarroja. Pero, alguna vez, me ha dado por salir fuera de nuestra querida España. Y me ha llamado la atención el comportamiento de las personas y su esmerada educación a la hora de esperar un servicio.

Las colas son frecuentes en cualquier sitio donde hay mucha demanda.

Uno va, comprueba la gente que hay delante, pide turno y espera. Así de fácil. En el tiempo de espera, se prepara el pedido e incluso el posible importe de la compra porque no es difícil calcular el precio de los productos a adquirir porque, o bien hay grandes pizarras que lo ponen o están marcados en el mismo producto.

Digo todo esto porque lo normal fuera es anormal dentro.

Síganme, si quieren.

Parada de autobús. Hay gente esperando y son muchos los buses que vienen al punto de encuentro. Hora punta. Lo normal sería tener preparado el bonobús o el importe del billete para agilizar la subida al vehículo. Pues no. Alguna gente da vueltas y vueltas por la marquesina esperando “colarse” a la primera de cambio, como si pensaran que, en cuanto suban ellos, el bus se pone en marcha.

No contentos con “colarse” depositan su monumental bolso sobre la repisa del cobrador y comienza una ardua tarea de encontrar, dentro del baúl de los recuerdos, el ticket que le permite viajar. La peña esperando. El señor/a buscando el vale, no se puede subir porque ocupa todo el espacio. Los de atrás, bufan, los de delante, se desesperan. Media hora, con perdón, esperando y, en el último segundo, a buscar lo incontrable.

Lo malo es que lo encuentran (la cola sigue) y se dan cuenta de que está caducado con lo que se enzarzan con el conductor en un tira y afloja que no conduce a nada.

Que si lo renové ayer. Que si la máquina debe estar averiada. Que si no hay derecho a que estas cosas pasen… mientras siguen buscando en el petate algún otro documento que les permita viajar. Normalmente hay de todo, hasta encuentran cosas que daban por perdidas hace años, pero lo que es dar con lo que buscan… imposible.

Y la cola sigue. “Qué poca paciencia, barruntan, si tienen prisa que pasen”. Y no se dan cuenta de que el tapón creado no es por los que esperan, sino por la persona en cuestión que evita que la gente siga su curso a la espera de conseguir un asiento vacío que detectó al subir. Por cierto, siempre son asientos interiores pese a que su última parada sea el final de la línea.

En el bus y en el supermercado. Hay gente amable que, dándose cuenta que sólo lleva un artículo y su carro va lleno, le dejan pasar con una educación desacostumbrada. Otros, nada de nada y además, le hacen esperar buscando, en un diminuto bolsito, los dos céntimos que le faltan aduciendo que quieren dar el importe exacto para evitar molestias. ¡Por Dios! Porque esas mismas personas esperan a tener todos los artículos pasados para empezar a embolsarlos.

Y la cola, sigue.

Y recuerdo aquel día en la panadería que un servidor llevaba prisa y, ante la mirada atónita de la parroquia desesperada, la eficaz empleada tuvo que tocar una a una las barras de a cuarto hasta encontrar la que satisficiera a una clienta puntillosa.

Alguien chilló desde el último lugar de la cola “Señora, el pan es para comérselo no para pasearlo ni para llevarlo a la ópera”.

Y la cola, sigue.

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