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Déjate seducir por el mundo del vino

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Qué tiempos aquellos…

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José Antonio López
Los tiempos han cambiado una barbaridad. Cuando un servidor empezó en periodismo llegaba la época del verano y, como por arte de magia, aparecía el monstruo del lago Ness, se encontraban serpientes de montones de metros o un extranjero se metía en un barril de cerveza y no salía hasta que se lo había bebido entero. Esto último, hoy, no sería noticia.

Eran momentos en los que el personal no tenía ganas de política, entre otras cosas, porque a los políticos les importa una higa el personal y, además, lo que querían era irse unos días de vacaciones.

Ellos para disfrutar del chiringuito, ellas para ponerse negras como “el negro zumbón”.

En aquellas épocas se tomaban un mes de vacaciones.

En muchas ocasiones, cuando los niños terminaban el cole, parte de la familia se trasladaba al lugar de veraneo y el paterfamilias esperaba, pacientemente, hasta que llegara su momento de comenzar sus vacaciones.

Aquí nació una nueva especie humana llamada “los Rodríguez”.

Los viernes, carretera y manta hasta la playa. Los domingos tarde, lo mismo hasta el trabajo. Así, durante los tres meses o dos, en los que se alquilaba la casa de la tía Luisa y que siempre era la misma.

Los más pudientes tenían casa propia o chalet y, unos meses antes de las vacaciones, se pegaban la gran panzada a limpiar de hierbajos, cortar arbustos y limpiar la piscina. Más de uno se ha arrepentido de aquel día en que dijo “La piscina lo más grande posible y el jardín, a tope”.

Ay, alma de cántaro.

Pero todo era armonía. Los políticos haciendo cosas inexplicables como cambiar nombres a las calles, quitar estatuas centenarias, redecorar despachos que antes habían criticado como prepotentes… en fin todas esas cosas que se hacen en verano y de las que la mayoría de la gente no se entera.

Era espectacular llegar a casa y notar un silencio espectacular. Las zapatillas por un lado, las camisas colgando de los pomos de la puerta, el cepillo de dientes enterrado en un trozo de pizza y una colilla clavada en la peineta de la bailaora que decoraba el televisor en blanco y negro.

Qué paz. Nadie te chillaba. Los pies, en la mesa, los platos amontonados en el fregadero. Vasos… ¿queda alguno? La botella de güiski a la vista y un slip (antes se llamaba calzoncillo) colgado de la lámpara.

Libertad.

Se preparaban tantos planes para salir por ahí. Uno se quitaba el anillo de casado (dejaba marca) se apretaba el pantalón, se ponía desodorante y su mejor sonrisa y se echaba a la ciudad a la búsqueda y captura de las chatis molonas que les esperaban.

Mientras, las santas, disfrutaban del veraneo.

Recuerdos que se contaban en tertulias de chiringuito o de bar de barrio, porque la verdad es que era muy raro que el Rodríguez se comiera una rosca, además de recibir una enorme bronca por posponer la limpieza del piso y llegar la familia y encontrarse con la “leonera”. Todo esto sin contar que se echa mucho de menos a la familia cuando no se está con ella.

Tierno que es uno.

Ya no hay monstruo del lago Ness, ni serpientes ni quedan Rodríguez. Los tiempos cambian una barbaridad. Cuando vengan de vacaciones verán que las cosas están casi como las dejaron , eso sí, un montón de sesudos estudiosos nos contarán cómo pasar el trauma postvacacional.

No se compliquen la vida. La solución es tener vacaciones todo el año. Y que vayan cambiando nombres a las calles, con lo que cuesta reorganizar una empresa.

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