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¿Puede por fin Alicante comerse (un poquito) a Valencia?

David Blay Tapia 

Nos encanta comer en restaurantes de Madrid como Amazónico, aun a costa de saber que pertenecen a un gran grupo participado por un fondo de inversión. O pasarnos por Saona y Turqueta en Valencia, donde la necesidad ha hecho ya que mucha de la comida salga de un único obrador para poder abastecer la demanda incesante.

Al mismo tiempo, miramos hacia abajo con cierta superioridad. Sí, Bon Amb, El Baret de Miquel, Casa Manolo o Tula son referentes, pero lo gordo está aquí (si exceptuamos a Quique Dacosta en Denia).

A ello se une que Alicante nunca ha sido percibida como una ciudad de alta gastronomía. Ni de gran innovación en muchos aspectos. Y, curiosamente, tanto el Distrito Digital como el Grupo Murri están cambiando esta percepción. Y dándole una consideración nacional a un lugar que hasta hace poco no entraba en ninguno de ambos circuitos.

Es curioso que el restaurante primigenio estuviera en San Vicente, no en la capital. Que pusiera música a través de un DJ, adelantándose a su tiempo no solo en formato anual sino también geográfico. Y que, pese a su evidente éxito, no fueran esas circunstancias las que llevaran hordas de (entonces no se les llamaba así) foodies al local. Sino un concepto coherente. Sin estridencias, pero aun así sorprendente.

Pese a establecerse junto al icónico paseo marítimo de la ciudad, ha sido hasta hace bien poco cuando han forjado su identidad actual. Con Abarrote, un lugar donde tapear y beber de pie pero hacerlo con producto y vinos de alto nivel a precios asequibles. Y sobre todo con Terre, conectado puerta a puerta con la barra pero mirando al siempre deseado (por turistas y residentes) Mar Mediterráneo.

Si a uno le dicen que la carta está basada en productos de temporada, arroces y brasas, podría incurrir en el error de que se trata de una propuesta más. Sin diferenciación. Pero cuando un restaurante se ubica bajo las oficinas centrales del un grupo y su director general baja a diario a pulsar el latido de la calle, algo empieza a descuadrarse.

¿Puede sorprenderte un cogollo? Lo hace, si está pasado por la brasa del Josper y acompañado por una anguila del Ebro. ¿Son especiales unas setas? Sin duda, si se acompañan de una yema de huevo y trufa de temporada. ¿Hay espacio para lo inesperado? Posiblemente con unas verdinas con caza, un arroz ahumado con secreto y unos cócteles que saben tan bien como los diez minutos que tardan en ser preparados minuciosamente.

Todo ello considerando una premisa: la empresa la sostiene el catering. El mismo que prepara una boda especial al tiempo que sirve comida a eventos de 1.500 personas. Que estudia qué platos pueden servirse y cuáles no en función de aspectos como el lugar donde se celebre el evento o la humedad relativa del ambiente.

Y mientras, a un lado y otro la gente va. Come, bebe. Disfruta. Se deja asesorar. Encuentra vinos naturales que hacen que por primera vez descubran que les puede gustar un rosado. Prueban panes hechos ad hoc por un negocio local. Cambian su pensamiento sobre un coulant viendo que los rellenos son también de proximidad y sustituyen el chocolate por el turrón. Y se van (tarde, porque es fácil alargar la sobremesa donde te sientes cómodo) sonriendo.

Porque de eso se trata. De hacer parecer que no es un negocio, pero que sí lo sea. Y de convertirse en el referente del nuevo Alicante. Aunque el camino desde 2016 no haya sido tan sencillo como ahora pueda parecer.

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