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La Mérida de las tierras altas

Nos internamos de la mano de Rosalía Molina en la comarca de la Serranía Baja (Cuenca). Donde abandera la Bodega Alto Landón desde 2004, a más de mil metros sobre el nivel del mar. Un mar que tiene relativamente próximo, aunque la bodega esté adscrita a la DO Manchuela.

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Texto y fotografía:Rubén López Morán
Este viaje bien podría empezar como sigue: <<En las misteriosas tierras altas de la Serranía Baja de Cuenca, escenario de míticas leyendas y épicas batallas, una mujer de indomable cabellera pelirroja decidió dominar una tierra áspera y fría. Una tierra solo al alcance de corazones fuertes, capaces de vencer las costumbres más arraigadas y forjar su propio destino. El mismo destino que la empujó a recorrer el mundo llevando consigo un tesoro de incalculable valor: unos vinos de destellos especiales y únicos>>.

O bien de esta otra: <<Todos los comienzos son arduos. Todos los inicios desazonan porque no se sabe de antemano si uno va a estar a la altura. El desafío se cruza en nuestro camino y nos lanza el guante. Los más valientes lo recogen y se enfrentan a él. La mayoría, mira para otro lado. Rosalía Molina pertenece al primer grupo. Un día el destino la llevó a conocer a quien hoy es su marido: Manuel Garrote. Y de su mano, el altiplano que se extiende entre el Pico de Ranera y el Castillo de Moya. Y en medio, la tierra que, bajo su inquebrantable voluntad, convirtió en fuente de aromas, color y frescura para los vinos que produce Bodega Alto Landón>>.
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Laguna de Talayuelas
El viajero se inclina por la primera versión debido a sus veleidades seudoliterarias. Y va en busca de esta Mérida de las tierras altas que le aguarda en Landete sin arco en mano espera. De ahí que se levante antes del alba y acuda a la hora fijada no sin antes visitar la Laguna de Talayuelas. No pudo tener mejor comienzo el viajero que despertar los sentidos con la banda sonora de trinos, arrullos, piadas, y todo tipo de sonidos que un animal con pico pueda emitir. Un espejo mágico ribeteado de juncos y enmarcado por un bosque de pino rodeno. A escasos 500 metros se encuentra el área recreativa La Hoya provista de mesas y parrillas. En donde se observa la profunda cicatriz que inflige el río Ojos de Moya a la Sierra de Talayuelas.

 

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Castillo de Moya
Tras un pequeño deambular por el casco histórico de Landete y roto el hielo, Rosalía y el viajero se dirigen al Castillo de Moya. Uno de los hitos del paisaje de la Serranía Baja y punto de fuga de una meseta a 1.100 metros de altura. El castillo se recorta en el horizonte como una boca desdentada. El tiempo lo ha tratado con extrema severidad, porque la fortaleza se las traía. Levantada por la Orden de Santiago, sus murallas albergaban una villa entera. Pasear en sus arruinadas calles, admirar la portada gótica de la Iglesia de Santa María (S.XIII), dominar el llano desde su atalaya, y quedarse a los pies de una fortaleza que le remite infantilmente a Exin Castillos, son todo uno, con sus torres semicilíndricas, su puente levadizo, su barbacana, sus saeteras y arquillos ciegos. El viajero observa a su Mérida particular y ve a una mujer orgullosa. Digna. Una de esas mujeres hospitalarias que si te acepta a su lado te sientes seguro y a cobijo de todas las inclemencias que la vida te tiene reservadas.

Todas las estaciones del año dejan su impronta en el paisaje. La presente deja los contornos más nítidos. Casi esquemáticos. Sólo hay que ver cómo desfilan las choperas ante la ventanilla del coche cual tropas presentando armas. En invierno domina el color gris parduzco. Sin embargo, la tierra se ofrece sin aditamentos, fría como una exposición de suelos de variados colores. Marrones, verdes, amarillos, cenicientos, blancuzcos. Una tierra que a veces se desmenuza con solo mirarla, y otra necesita de la dura punta del arado para arañarla. Rosalía decide abandonar la protección de las murallas y atravesar los dominios que quedan bajo la atenta mirada del Pico Ranera. Una montaña que se levanta como un ídolo natural al otro extremo del altiplano, donde los habitantes de estas tierras acuden para dejar por escrito sus ilusiones y anhelos en unos cuadernillos que se guardan desde hace más de medio siglo en un hueco bajo unas piedras.

Allí acudió en su momento Rosalía con su familia. Dejó una botella de vino para que la disfrutaran los siguientes en subir a la cima. Y brindaran por el éxito de su empresa. Que se alcanza a ver desde el pico. Y así sucedió, recuerda, mientras atraviesa las viñas plantadas recientemente cerca de los Caseríos de Mijares. Alguno de ellos pulcramente rehabilitado por los hermanos Desmotes, que se dedican a la restauración de órganos antiguos en Landete. Momento en que la memoria se le queda prendida de las ramas desnudas de dos imponentes nogales a la vereda del río. Recuerda con melancolía, porque el tiempo pasa volando, cómo traía aquí a sus hijos pequeños a montar el burro de Teo. Y cómo disfrutaron de un tiempo que no parecía el suyo.

Abrigo del Tío Modesto
Una evidencia que se plasma en rojo sobre las paredes lisas del Abrigo del Tío Modesto (Henarejos). Una escena de caza perteneciente al Arte Rupestre Levantino, declarado Patrimonio de la Humanidad en 1998. Donde se aprecia con claridad un arquero y un ciervo herido. Más de 7000 años ahí. A la intemperie. Soportando siglos de remoto olvido, y con la llegada del hombre moderno, el vandalismo salvaje y el expolio. Al viajero el cuerpo se le revuelve. Hace más de siete milenios que un hombre como él, un homo sapiens, se colocó frente aquella pared y dibujó. ¿Por qué? Todavía hoy es un enigma la respuesta. Algunas interpretaciones explican que formaban parte de rituales propiciatorios de la caza o la fertilidad; otras que representaban mitos y leyendas. Como subraya el deteriorado panel explicativo, de lo único que se puede estar seguro es que están ahí para el deleite estético. Otra cosa es que el común de los mortales sea capaz de apreciarlas. Pero eso pasa con todo. Los sentidos no nacen aprendidos, es necesario cultivarlos.

Monumento al maqui
Al fin y al cabo de eso se trata. De cultivarse. De tener inquietudes por lo que nos rodea. Por lo que nos sale al paso de forma inopinada. Como el `Monumento al maqui´ que se levanta en el municipio de Santa Cruz de Moya. El viajero se quedó literalmente de piedra cuando lo vio.  La obligación del que se tiene por tal es recordar y no olvidar. Esta escultura, obra de Javier Florén Bueno, rinde memoria a “los guerrilleros españoles muertos en la lucha por la paz, la libertad y la democracia al lado de todos los pueblos del mundo”. Hermosas palabras que el viajero suscribe. Hay que anotar que hubo maquis que lucharon contra la Dictadura Franquista hasta finales de los años 40. Una década después de acabada la Guerra Civil Española (1936-39). Y que estas montañas de Cuenca fueron uno de sus últimos reductos de resistencia. La orografía endiablada los volvía invisibles a los ojos de la Guardia Civil. Pero tenían los días contados. Tuvieron que pasar 40 años para que los valores de la II República volvieran a tener vigencia en una democracia imperfecta, pero democracia al fin y al cabo. Como siempre habrá quienes dirán que el pasado no conviene removerlo, porque puede atentar contra la convivencia. Otros, que si el pasado se olvida, se tiende a repetirlo. Y el viajero sabe por experiencia propia que el pasado siempre vuelve.

Puente sobre el río Turia
El final está próximo. El viajero no regresará por donde vino, porque a este viajero de segunda le gustan los recorridos circulares. Su intención es volver por la carretera vieja Valencia-Ademuz una vez cruce el puente sobre el río Turia. Una carretera que se comenzó a construir a principios del siglo XX y que quedó abierta en todo su trayecto en los años sesenta gracias a este puente del todo imposible. Construido a mediados de los años 50 por el ingeniero José-Juan Aracil Segura. Costó casi 8 millones de las antiguas pesetas en un plazo de 40 meses. Pero esta, como suele decirse, es otra  historia. La del viajero es regresar para contar lo que vio y sintió para que otros vean y sientan tras él mientras recorren las Tierras Altas donde vive y trabaja Rosalía Molina, su Mérida particular y ahora la de ustedes también.

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Dónde comer
No se puede abandonar la comarca de la Serranía Baja sin comer en el restaurante La Muralla, en Cañete. Uno de los restaurantes que la Guía Michelin recomienda año tras año en “Buenas mesas a menos de 35 euros”. Y vive Dios si es una buena mesa. El mejor morteruelo del mundo se sirve aquí. El ajo arriero no tiene parangón. Y sus platos de temporada, como por ejemplo, la tapa de jamón de ciervo en escabeche con lombarda y trufa negra, quitan el hipo.  Y así, un plato tras otro de su menú degustación.  Y todo él regado, como no podía ser de otra manera, de un vino del terruño, de Bodega Alto Landón, seleccionado para la ocasión por Rosalía: `Irrepetible´. Un tinto 50% Syrah y otro tanto Malbec. Un vino que remite a las  uvas de las que bebe. Fresco y de aromas frutales. Riquísimo. Como su propia etiqueta indica: `Irrepetible´.

Cómo llegar
Desde Valencia, el camino más corto es dirigirse por la A-3 Valencia-Madrid y a la altura de Utiel incorporarse a la Nacional-330 dirección Teruel.

Dónde dormir
La red de albergues rurales es muy tupida en la zona. Sin embargo, destacan las casas rurales radicadas en el pueblo Huertos de Moya. Más en concreto, Señorío de Moya y Tierras de Moya.

Visita Bodega Alto Landón
Si quieres visitar la Bodega Alto Landón puedes contactar en el mail visitas@altolandon.com o llamando al teléfono  Tel. 677 228 974. Los horarios de visitas dependerán de sus trabajos en cada momento del año, por lo que durante las fechas de embotellado y vendimia no se atenderán visitas.

3 comentarios en La Mérida de las tierras altas

Pollo el 1 febrero, 2016 a las 10:46 pm:

Unos grandes vinos que han llegado tan alto por que fueron sueños que llegaron a realizarse. Enhorabuena
Altolandon

Pepe el 2 febrero, 2016 a las 8:06 am:

Magnífico reportaje. ENHORABUENA por la iniciativa y como moyano, gracias por la promoción de nuestra tierra. Pepe Benedicto.

Carlos el 27 agosto, 2018 a las 1:33 pm:

Rosalía. Muy buena la nota de ayer en Radio Nacional. La seguí con mucha atención. He saboreado el Malbec en mi tierra de origen, pero desconocía que aquí tuviéramos también crianza de las viñas de Mendoza y Luján de Cuyo. Soy argentino, pero llevo con mi familia 42 años en España. Y precisamente tengo un hijo que desde hace años trabaja en una bodega en Falset, Catalunya. Ayer estuvimos comentando los detalles del programa y él tampoco tenía conocimiento de la crianza del Malbec en Cuenca. Al buscar más información, dí con este hermoso relato de la Serranía Baja. Cautivante la descripción sobre esas tierras. Además de la pintura paisajística, algunos datos como el que hace referencia al Monumento al Maqui en Santa Cruz de Moya, o al arte rupestre, eran para mí desconocidos. Tu trabajo y tu pasión excede lo que representa la bodega o la experiencia con el Malbec. Es desde todo punto de vista elogiable. No sé si en algún momento podré llegarme a conocer esas tierras, pero quizás lo puedan hacer algunos de mis hijos. Mientras tanto, trataré de difundir en estas comarcas catalanas donde vivimos, las bondades del Malbec… y que no necesitan importar, ya pueden disponer de L’AME. Cordialmente, Carlos.

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