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Déjate seducir por el mundo del vino

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Dios bendiga a los niños

trituradora-playa-2José Antonio López
Tenía nostalgia de recordar un día de playa a la antigua usanza. Antigua para unos y normal para otros, que todo hay que decirlo.

Mi amigo Carlos sabía de mis intenciones y me lanzó el dardo “este sábado nos vamos a El Saler a disfrutar de un día especial”. Dos parejas, dos, enfrentados ante un maravilloso mundo de arena y mar.

Espectacular.

Mi santa preparó la tortilla de patatas y un conejo al ajillo, estilo Callosa (del Segura) que quita el hipo. Aceitunas, variantes y todo lo demás.

La santa de Carlos preparó los bistecs empanados, las empanadillas fritas y la ensaladilla rusa.

Nevera al canto con todo lo que cabe en una nevera incluido el Terry pal carajillo post comida. No hay baraja de cartas. Sillas, un sillón y la mesa plegable.

Aporto una caña cortada para tomar las cervezas “de a litro” para que no decaiga la fiesta en ningún momento.

Apoteósico.

A las siete de la mañana se funde el telefonillo de mi casa. Hay que darse prisa que luego no se puede circular por la carretera que te lleva a El Saler.

Capazo con las viandas y segunda nevera de apoyo con otra botella de Terry y el termo con el café. “Verás como se me olvida algo”.

En el coche de Carlos ¡sorpresa! dos maravillosos niños de cinco y tres años, nietos afamados de mis amigos, que nos van a acompañar en el nostálgico recorrido.

Dios nos pille confesados. No es que sean populares son, sin duda, famosos.

“Este sitio ya lo han cogido, os dije que teníamos que llegar antes. “Son las ocho de la mañana y en los miles de kilómetros de El Saler, ya quedan pocos huecos para poner la sombrilla y la mesa.

Por fin encontramos el lugar idóneo.

Arena, arena, más arena. Dos pinos y allá, tras el montículo, el mar.

Gozada.

Todavía no se ha apagado el motor del coche y dos “enanos” salen pitando del mismo, rumbo a no sé dónde pero marcando el territorio. Carlitos viene con una muñeca a la que le falta la cabeza y tras él, una niña que no estaba en el grupo, llorando a moco tendido. Anita, más comedida, engulle un paquete de galletas que tampoco sabemos de dónde ha salido.

“No se preocupe, son niños, que coman y que sepan qué es compartir” apunta una oronda señora que ocupa “la parcela” junto a la cual vamos a instalarnos. Un pequeño, con una galleta en la mano, no entiende por qué le han quitado el paquete entero y le han dejado solamente una galleta. Será por lo de compartir.

No hemos colocado la mesa ni bajado las neveras y ya se oye el grito de “a almorzar, que luego hay que esperar para que os haga la digestión”.

Un servidor se encuentra como en las películas antiguas, a toda velocidad, para sacar la mesa, colocar la tortilla, abrir el taper de los empanados y cortar el pan. Todo a la vez.

Carlitos y Anita aparecen con una bolsa de gusanitos y una pistola de agua que hace impacto en las gafas del abuelo.

En El Saler hay de todo, sólo es necesario buscarlo. Y si no que se lo digan a los niños.

“Claro, os habéis comido las galletas, los gusanitos y te has zampado de un bocado la cabeza de la muñeca y ahora no tenéis hambre”, matiza la abuela.

Aun así insiste.

Almorzamos de lujo. Bocata de tortilla con hojas de pino recién cortadas. Cebollitas en vinagre rebozadas en arena. Ensaladilla rusa con tropezones de chinitas y una concha marina que se encontró Carlitos. De postre, las galletas trituradas que Anita consiguió de su amigo desconocido.

“Son niños, son niños” sigue diciendo nuestra vecina de parcela mientas hinca el diente a un mini bocata y uno de los incisivos sale volando tras tropezar con una rama que alguien le había metido en el entrepán.

Mientras se esperan para “hacer la digestión” y cruzar el montículo, Carlitos se ha bebido media botella de cerveza “de a litro” y Anita, que ha reclutado a su particular ejército, ha construido un iglú con los hielos de la nevera.

Y esto no ha hecho más que empezar.

Y servidor quiere huir ante la perspectiva de lo que me viene a la hora de comer.

Eso, se lo contaré otro día. Cuando me reponga.

Sean felices.

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