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De Gran Azul a Gigante Azul


David Blay Tapia/ Foto: Gran Azul Restaurante

Un cuarteto llamado Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán cantaban en los años 60 a la censura en ‘Señora azul’, un hit desconocido para muchos pero que tenía una carga política y crítica de alto nivel en la España de la dictadura.

Lejos (aunque a veces podría parecer que no es así) quedan aquellos tiempos donde apenas se podían decir las cosas sotto voce y en los que reunirse era ilegal. Y hoy, tras amplias cristaleras y mirando al paisaje urbano, cualquier persona puede disfrutar de una mesa repleta de amigos con los que intercambiar las impresiones que le parezcan sin temor (todavía) a ser reprendido por ello.

Muchos restaurantes buscan ofrecer privacidad a sus clientes, pero acaban confundiéndola con cerrazón a una luz tan potente como la del Mediterráneo. Y otros, sin embargo, se han convertido en lugar de encuentro a pesar de que pueda atisbarse perfectamente desde la calle quién pide la comanda en sus mesas.

En la orfandad, hasta hace poco, de salas clásicas con productos clásicos y elaboraciones igualmente clásicas, emergió hace algún tiempo una apuesta llamada Gran Azul. Donde las brasas, los arroces y los entrantes de calidad conformaban una carta sencilla, apoyada por un servicio a la antigua usanza y un local ubicado en una zona que había bajado el número de sus referencias culinarias como la Avenida de Aragón.

Hoy no hay día que no llene (o casi llene). Con un ticket medio cercano a los 50 euros, pero sentando en sus sillas desde perfiles ejecutivos hasta jóvenes que buscan un trato diferencial y un nivel de producto que les lleve a decidir si es mejor apostar por la vaca rubia gallega, su ya legendario osobuco de atún o cualquier fideuá o arroz hecha en el momento.

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Fue valiente Abraham Brández al apostar por algo que, saliendo de la crisis, no era innovador ni disruptivo ni barato. Pero ha demostrado que sin necesidad de campañas histriónicas se puede generar una clientela fiel y otra aspiracional. Siendo esta segunda, además, posible repetidora por el hecho de que el precio de comer o cenar allí no supone meses de ahorro para una familia media.

Y tras estos cuatro años reafirma una tendencia que más que gastronómica es social. La que dice que a todos nos gusta lo nuevo, pero que las raíces y aquello que nos ha marcado desde pequeños siempre tendrán un sitio en una ciudad donde por fin parece que puede comerse buena carne y buen arroz sin tener que salir al extrarradio.

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