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El valor de una tierra que transformó la adversidad en vino

7 enero, 2026

Jorge Corella

El trabajo bien hecho sienta mejor cuando, para conseguir el objetivo, se deben superar dificultades que no dependen de uno mismo. Ese es el caso de la Indicación Geográfica Protegida Castelló, una figura de calidad que ha tenido que sobreponerse a la compleja orografía de su territorio para cultivar viñedos que dan lugar a productos singulares.

Ubicada al norte de la Comunitat Valenciana, la provincia de Castellón ha servido históricamente como punto de conexión entre Cataluña y Aragón. Sin embargo, su función va mucho más allá: entre sus paisajes, mayoritariamente montañosos, nacen vinos que expresan la esencia de un territorio que defiende su cultura y su legado a través de vinos con carácter.

La adaptación a estos terrenos escarpados no es reciente. Ya con la llegada de los fenicios comenzó el trabajo de la vid en la zona, perfeccionado posteriormente por los romanos y evolucionado constantemente con el paso de los siglos. Sin embargo, este camino no ha sido sencillo. Además de los desafíos propios del terreno, durante el siglo XX apareció la filoxera, una plaga que arrasó gran parte de las viñas de la provincia, tirando por el suelo el esplendor alcanzado en los siglos XV y XVI, cuando Castellón se había convertido en un referente de la producción de vinos locales.

Aun así, aquel trabajo histórico había plantado una semilla en el corazón de los castellonenses, que se resistieron a perder un legado vinícola que representaba a su tierra y a ellos mismos. Ese sentimiento de pertenencia se hizo realidad en 2003, año en el que un conjunto de agricultores, con el apoyo de la Conselleria de Agricultura, crearon y reglamentaron la Indicación Geográfica Protegida ‘Vins de la Terra de Castelló’. Desde entonces, los vinos elaborados en Alto Palancia-Alto Mijares, Sant Mateu y Les Useres-Vilafamés, las tres subzonas vitícolas de la provincia, quedaron amparados bajo este sello de calidad.

Uno de los grandes valores de esta tierra radica en que, a pesar de la diferencia de altitudes y climas entre las tres zonas de producción, todos los vinos comparten un mismo espíritu: defender su territorio y elaborar en él productos de calidad que doten a la provincia de una identidad común.

Para hacerlo posible, las 14 bodegas acogidas bajo esta marca de calidad apuestan por variedades autóctonas como la macabeo, la embolicaire y la monastrell, que ayudan a construir una imagen compartida. A ello se suma el proceso de recuperación de las variedades autóctonas pampolat y mondragón, desaparecidas tras la filoxera pero parte esencial del legado vitícola castellonense y testimonio de su capacidad de adaptación.

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