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El Baix Maestrat, tierra de promesas

Recorremos la N-232 teniendo como destinos olivos milenarios, viñedos pujantes, pueblos medievales y ermitas perdidas. Un paisaje tan austero como hermoso.

5 mayo, 2026

Texto y fotografía: Rubén López

Hay lugares cargados de esperanza, de una vida mejor, distinta, más tranquila y sosegada. Lugares que no son un espejismo porque están al alcance de las manos. Eso sí, de unas manos campesinas que los sepan cuidar y trabajar, ya que son de una fuerte personalidad. Compuestos de unas tierras de aluvión llegadas por ramblas y barrancos de unas montañas que emergieron del fondo de los mares cretácicos hasta llegar a nosotros entre muelas calcáreas que ofrecen al que las mira sus cejas rocosas.

Un paisaje que ha visto pasar desde las sociedades cazadora-recolectoras -que dejaron su arte rupestre en los abrigos del barranco de la Valltorta, declarados Patrimonio de la Humanidad en 1998- hasta la llegada del turismo a sus playas -teniendo Peñíscola y su Castillo del Papa Luna sus exponentes-, pasando por los primeros asentamientos íberos, fenicios, griegos, Roma -con la vía Augusta que lo atraviesa de norte a sur-, los bárbaros, Al Ándalús y la Reconquista, el Reino de Valencia, la Guerra de Sucesión y la del Francés, las Carlistas, y el azaroso siglo XX, con la II República, la Guerra Civil Española, la dictadura franquista, rematada con el advenimiento de una democracia vacilante que a lo tonto ha cumplido los cincuenta.

OLIVOS MILENARIOS

De esta historia hay unos seres que han sido testigos silenciosos de casi todo lo resumido en el párrafo anterior. Nos referimos a los olivos milenarios que se diseminan por los términos de La Jana, Tirig, Canet Lo Roig y San Mateu. En opinión del viajero, la mejor manera de toparse con ellos desde el asombro absoluto es internándose a su libre albedrío por algún camino rural que salga desde una de estas poblaciones. Ahora bien, si quieren ir a tiro hecho, lo mejor es enfilar la N-232 que une Vinaroz con Morella, y a la altura de La Jana, abandonarla camino de Canet Lo Roig.

A solo un par de kilómetros se encuentra el Museu Natural Oliveres Mil.lenàries Pou del Mas, un museo a cielo abierto donde el azul límpido del Mediterráneo, si acompaña un día espléndido -como fue el caso-, se deshace en las hojas verdes plateadas de unos árboles que están de vuelta de casi todo. No en vano, hay ejemplares que fueron plantados allá por el 833 D.C, en tiempos de Abderraman II. Que se dice pronto, pero que ya ha llovido, sobre todo este pasado año, que ha dejado un campo cubierto de plantas aromáticas y tachonado de una miríada de flores silvestres. Y que da gusto respirar limpiamente y llevárselo adherido a la piel abrillantada por un sol primaveral.

RENACIMIENTO DE LA VID

Un paseo que nos llevará a un grato descubrimiento. De nuevo estas tierras están siendo repobladas por viñas. Como las de Bodegas La Canetana, que desde 2014 está extendiendo sus dominios teniendo como punto de fuga Canet Lo Roig. De donde coge el nombre. Y no es un hecho fútil, porque la Indicación Geográfica Protegida (IGP) de Castellón, calladamente, está viviendo una renaixença, teniendo a Bodega Flors, Clos d’Esgarracordes y Mas de Rander como algunas de sus puntas de lanza. Pero aquí, en esta tierra del Baix Maestrat, ha sido un matrimonio llegado de Amberes, que recogiendo el testigo del fundador de la IGP, Pepe Amela, y tras la llegada del enólogo Álvaro Torres, ha alumbrado un portafolio de referencias que expresan la pasión que sienten por unas tierras rojizas que se encuentran entre dos mundos: el interior montaraz de la provincia y el horizonte inabarcable del mar.

No se explica sino, que dos personas con la vida resuelta, con apartamento de verano en Alcossebre, con los hijos criados y con un puñado de nietos, se embarcaran en semejante fregado; que se dejaran cautivar por una empresa que depende única y exclusivamente del cielo. Y estas cepas, que ahora en primavera comienzan a engalanarse de las primeras yemas, y que en la próximas semanas se vestirán de verdes pámpanos, son ahora vecinas de unos olivos milenarios que han visto pasar lo mejor de cada casa sin decir esta boca es mía entre sierras calcáreas, ríos de piedra -como el de la Rambla de Cervera-, pueblos medievales y ermitas perdidas.

Un paisaje austero, que cubre sus vergüenzas con sabinares y encinas, y con un exuberante monte bajo, que proporciona a los vinos de Bodegas La Canetana de un carácter mestizo, y que ofrecen en cada sorbo parte de ese carácter que tanto enamoró a Tine Decorte y Peter Van Coppenolle: la esperanza de una vida vivida. Y la manera de encapsularla ha sido creando, con tanta ilusión como esmero, unos tintos y blancos, como Émile o Blanc de Canet, de enorme calidad, de corte artesanal y respetuosos con el entorno, porque como afirma Tine: «La vida es demasiado corta para beber vino malo».

CAPITAL HISTÓRICA

Uno de los mejores lugares donde tomárselos es una Plaza Mayor que tiene el aspecto de una acuarela de vivos y alegres colores. Unos colores que se reflejan temblorosos en la Fuente del Ángel que preside su espacio porticado que los fines de semana se convierte en un lugar de encuentro; un ambiente familiar y festivo que recuerda el esplendor de siglos pasados. Porque estamos en la que fue la capital histórica del Maestrazgo: Sant Mateu. Residencia de los grandes Maestres de la Orden de Montesa, que poblaron sus calles de palacios, llegándose a censar más de veinte, junto con tres conventos, tres hornos y una muralla perimetral que contaba con 8 portales de acceso. Hoy apenas se conserva trescientos metros de lienzo. Ni uno de los portales.

Una localidad que congregó tanto poder, propiciado por el comercio de la lana, que su Iglesia Arciprestal se levantó con hechuras de catedral gótica, airosa, soberbia, erigida sobre una humilde portada románica en donde no sólo se puso punto final al Cisma de Occidente, un 15 de agosto de 1429, sino que tras su resolución, recibió de manos del papa saliente la reliquia de San Clemente: un cuerpo in sepulto de un mártir franciscano exhumado de las mismas catacumbas de Roma, y que sale en procesión cada cien años. Por si llegan, ¡la próxima vez está fijada para el 2067!

No obstante, dejando de lado la historia en mayúsculas, Sant Mateu atesora un intangible que toda alma viajera anhela: hospitalidad. Tomar asiento en las terrazas que ocupan el espacio porticado de la Plaza Mayor y dedicarse al dolce far niente es todo uno. Para comer es preceptivo déjarse tentar por el postre del menú del restaurante La Perdi: el Cecilia de Moka. Y una vez satisfecho el estómago, el visitante hará bien en acudir a la Tourist Info sita en el palacio de fábrica renacentista del Marqués de Villora; y desde allí, bajo la supervisión de Iván, dejarse guiar por unas calles que tiempo ha fueron un hervidero de mercaderes, caballeros, prestamistas, frailes, monjas, artesanos, campesinos, busca vidas y hasta de algún cátaro que pasaba por allí.

Y para redonderar el día, conviene regresar a la plaza para contemplar cómo cae la noche sentado en la terraza del Bar Toro -que hace els entrepans más celebrados de la comarca-, y ver cómo el cielo se cuaja de estrellas sobre los tejados antiguos de la localidad. Y tras dormir la mar de bien en el Hotel Montesa, y como este viajero es más de dulce que de salado, dejarse caer por el torno del Convento de clausura de las Agustinas, y tras el preceptivo «Ave María Purísima» de la hermana, y el santo y seña, «Sin pecado concebida», del interesado, llevarse consigo unos Cor de Santa Clara y unos patissets de naranja y chocolate, porque el camino no acaba aquí.

CAPILLA SIXTINA DEL MAESTRAT

Menos mal que la dosis de dulce quedó satisfecha si no un servidor se endilga un chupete de caramelo del tenderete Turrones y Dulces Blasco de Catí, con el consabido subidón de azúcar que ni postrándose ante la mismísima Mare de Déu de l’Avellà hubiera sido neutralizado; una imagen que se venera en la que se ha rebautizado como la Capilla Sixtina del Maestrat. Y qué quieren que les diga, a uno no le deja con el dolor de cervicales que la del Vaticano, pero sí para poner los ojos como platos, porque las pinturas al fresco del maestro santmateuà, Pascual Mespletera, arrancan desde el suelo hasta el techo del interior de la Ermita.

Por tanto, desde la restauración de las pinturas en 2018, vale la pena visitarlas y ascender los cinco kilómetros de puerto que tras el túnel que los corona desemboca en el Ermitorio de la Virgen, desde donde se abrazan unas vistas imperecederas. Y de paso, aprovechar para lavarse la cara con las aguas medicinales de la Font de l’Avellà, las mismas que curaron de la ceguera y la lepra a la anciana a quien se le apareció la Virgen allá por 1544. Y tras llenar una botella de agua en el Balneario, porque son tan buenas para la piel como el riñón, proveerse de unas Tortitas de Avellana y de una peladillas por si entra la gana durante la vuelta, enfilando primero la CV-128 y luego la CV-15 en dirección a Villafranca del Cid e internarse en el territorio de la pedra en sec. Pero esas, como quien dice, son otras carreteras, y otras historias, sin un artículo definido que las preceda.

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