12 agosto, 2026
Texto: Mar Lafuente // Fotografía y vídeo: Fernando Murad y Pedro Ramírez
Hay historias de vino que empiezan mucho antes de que la botella llegue a la mesa. Empiezan en una parcela, en las manos de un agricultor o incluso en una familia que lleva generaciones mirando al cielo para saber cuándo llega el momento de vendimiar. En Villena, en pleno Alto Vinalopó, Bodega Las Virtudes es uno de esos relatos que nacen de la tierra. Una historia que nació de una necesidad, pero que con el paso del tiempo se ha convertido en un proyecto que une agricultores, familias y generaciones alrededor de la viña.

Fue en 1961 cuando un grupo de pequeños productores decidieron unir fuerzas para crear una cooperativa. En un momento en el que trabajar juntos era la única manera de mantener meses de esfuerzo. Así nació Bodega Las Virtudes. Más de seis décadas después, ese espíritu continúa presente en una bodega que actualmente reúne cerca de 450-500 socios entre la sección de bodega y la almazara.
“Al final, el inicio de todo el proyecto nació como una forma de defenderse un poco ante los abusos que había entre los agricultores y la imposibilidad de poder vender la uva, ese fue el origen de Bodega Las Virtudes”, explica Javier Navarro, director de la bodega. Una frase que resume la filosofía de una cooperativa que nació desde el campo y que continúa teniendo a sus agricultores como pilar fundamental.
Porque en Las Virtudes el vino no se entiende únicamente como un producto. Es también una forma de contar la historia de quienes lo hacen posible. De una comarca, de un paisaje y de una manera de entender la agricultura que forma parte de la memoria de Villena. “Bodega Las Virtudes nace en Villena y está vinculada al territorio”, asegura Javier Navarro. Y precisamente ese vínculo es el que marca el camino de una bodega que ha sabido crecer, modernizarse y adaptarse a los nuevos tiempos sin olvidar sus raíces.
Uno de los espacios donde mejor se percibe esa unión entre pasado y presente es su cava de barricas. Un lugar especial dentro de la bodega, construido sobre antiguos depósitos de cemento que fueron reconvertidos para dar cabida a una zona de crianza donde descansan alrededor de 300 toneles. Entre ellos se encuentra uno de los grandes tesoros de Las Virtudes: el fondillón.
Hablar de fondillón es hablar de uno de los vinos históricos más importantes de Alicante. Un vino único, elaborado con Monastrell procedente de viñas viejas y con una crianza mínima de diez años en barrica. Un vino donde el tiempo es una parte fundamental de la elaboración. “El fondillón es uno de los vinos más importantes e icónicos de la Denominación de Origen de Alicante”, explica Javier Navarro. “Es una de las joyas que tenemos que apreciar y poner más en valor”. Conservar este vino supone conservar una parte del patrimonio vitivinícola alicantino.
Pero si hay algo que define a Las Virtudes es que detrás de sus vinos hay personas. Agricultores que han dedicado su vida al campo y familias que han visto crecer sus viñas al mismo tiempo que crecía la propia cooperativa. Pedro Rodríguez es uno de ellos. Viticultor desde siempre, pertenece a una familia ligada a la tierra desde varias generaciones. Su padre fue uno de los fundadores de la cooperativa y hoy él continúa defendiendo un legado que siente como propio.
“Mi padre fue también uno de los fundadores hace 60 y tantos años. Por eso le tenemos un cariño enorme”, cuenta Pedro. “Aunque tenemos muchos problemas y vamos arrastrando muchas consecuencias, seguimos ahí porque es un buque insignia de nuestro pueblo”. Sus palabras hablan de una relación que va mucho más allá del trabajo. “Estamos agarrados todos al campo”, explica Pedro. Una frase sencilla, pero que resume una manera de vivir ligada a la agricultura y a unos conocimientos que se han transmitido durante generaciones.

Una de las grandes protagonistas de esa historia es la Monastrell. La variedad más representativa de esta zona, una uva profundamente vinculada al territorio de Villena, a sus suelos y a su clima. “La raíz del vino Monastrell viene desde hace siglos”, explica Pedro. “Tenemos una uva muy especial dentro de una zona por el clima y por el terreno. Sacamos una calidad excepcional donde los vinos son muy buenos”.
Para los viticultores de la zona, la Monastrell no es solo una variedad, es parte del paisaje. Una uva que ha acompañado durante décadas a quienes han trabajado estas tierras y que continúa siendo una de las grandes señas de identidad de sus vinos. Porque antes de que exista una botella existe una parcela. Existe alguien que la cuida durante todo el año, que conoce cada cepa y que espera cada vendimia como un nuevo comienzo.
Sin embargo, el campo afronta hoy importantes desafíos. La falta de relevo generacional, los costes de producción y las dificultades del sector hacen que mantener viva esta actividad no sea sencillo. Pedro conoce bien esa realidad. “La continuidad con la gente joven se complica un poco”, reconoce. “Esto nos traerá consecuencias, no solamente nosotros, sino también por el deterioro de las parcelas que se van perdiendo”.
A pesar de las dificultades, el mensaje que transmite es el de seguir luchando. “¿Que a lo mejor la producción decaerá un poco? Pues posiblemente, pero estamos ahí luchando precisamente para eso. Creo que podemos seguir y vamos por muy buen camino”.
Esa capacidad de adaptación también forma parte del presente de Bodega Las Virtudes. La cooperativa ha sabido incorporar nuevas elaboraciones y responder a los cambios del mercado con una mayor presencia de vinos blancos elaborados con variedades como Moscatel, Sauvignon Blanc o Macabeo. “Somos una bodega que intenta adaptarse a las nuevas circunstancias y a los nuevos gustos”, explica Javier Navarro. “Queremos sacar productos que funcionen bien en el mercado, pero siempre manteniendo ese valor del territorio”.
Porque evolucionar también forma parte de la tradición. Una bodega no permanece viva únicamente conservando lo que fue, sino siendo capaz de mirar hacia delante.

Y para descubrir todo lo que se esconde detrás de sus vinos, Bodega Las Virtudes abre sus puertas a través del enoturismo. Sara Llácer es la responsable de acercar esta historia a quienes llegan hasta la cooperativa buscando conocer algo más que una elaboración. “Las visitas consisten en unas dos horas más o menos de pasarlo muy bien y descubrir todas nuestras virtudes”, explica. De hecho, la propuesta de enoturismo de Las Virtudes va más allá y se completa con iniciativas que realizan puntualmente durante el año, tales como talleres solidarios de wine making, catas de aceite o yoga entre barricas.
Un recorrido por la bodega, la almazara, la cava de barricas y los exteriores que termina con una cata de vinos y aceites, incluyendo el fondillón, acompañada de un pequeño maridaje adaptado también a diferentes necesidades alimentarias. Una experiencia que permite entender que detrás de cada botella existe un camino. Un camino que comienza en el viñedo y que continúa en cada persona que forma parte de la cooperativa.
Porque Bodega Las Virtudes no es únicamente una bodega. Es la historia de un pueblo que decidió caminar unido, de agricultores que siguen defendiendo su tierra y de una generación que trabaja para que este legado pueda continuar.

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