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Escapada a Cuenca: la belleza colgada del vacío

21 octubre, 2026

Pedro Ramírez

Hay ciudades que parecen esculpidas directamente sobre la roca por un capricho de la naturaleza y de la historia. Cuenca es, sin duda, una de ellas. Durante una escapada de dos días por esta joya manchega, nos adentramos en un recorrido que combina el vértigo de sus hoces, el peso de su pasado medieval, la vanguardia artística y una propuesta gastronómica capaz de conquistar a los paladares más exigentes.

La aventura conquense no podía comenzar de otra manera que desafiando a las alturas. El acceso al casco antiguo a través del Puente de San Pablo es todo un rito de iniciación. Suspendido sobre la hoz del río Huécar, este viaducto de hierro y madera ofrece la primera gran postal del viaje: enfrente, desafiando a la gravedad sobre la cornisa rocosa, se asoman las icónicas Casas Colgadas. Para comprender su verdadera esencia y admirar su arquitectura por dentro, resulta imprescindible adentrarse en el Museo de Arte Abstracto Español, cuyas estancias permiten recorrer el interior de estas históricas edificaciones mientras se contempla el diálogo entre el arte contemporáneo y las vistas al precipicio.

Superado el puente, el laberinto empedrado nos conduce hasta el corazón neurálgico de la ciudad: la Plaza Mayor, presidida por la imponente Catedral de Santa María y San Julián, una joya del gótico anglo-normando cuya fachada domina el colorido conjunto de edificios barrocos.

Caminando hacia el pasado musulmán y cristiano de la urbe, los pasos nos llevan hasta la plaza donde se erige la Torre de Mangana. Con sus 28 metros de altura, es uno de los monumentos con más historia de la ciudad. Aunque su origen exacto sigue envuelto en cierto misterio, se cree que formó parte del antiguo Alcázar de Cuenca, del cual todavía hoy se pueden apreciar algunos vestigios de sus muros en la misma plaza. Asomarse a uno de sus laterales regala, además, una excelente vista panorámica del entorno natural y urbano.

Ascendiendo hacia la parte más alta de la ciudad histórica, alcanzamos los restos del antiguo Castillo de Cuenca. Justo bajo sus ruinas se esconde el Mirador del Castillo, un balcón privilegiado para contemplar la magnitud de las hoces. Pero si se busca la perspectiva definitiva, el punto culminante del día se encuentra en el Mirador del Cerro del Socorro, desde donde toda la ciudad vieja parece flotar sobre el cañón rocoso al caer la tarde.

Tras una jornada de intensas caminatas, la recompensa llegó en las mesas del restaurante El Torreón, donde la tradición conquense se viste de vanguardia. El homenaje comenzó con unas sublimes croquetas melosas de chuleta madurada, coronadas con un delicado velo ibérico de guanciale y el toque tostado del ajonjolí dorado.

El plato fuerte rompió todos los esquemas con su Burger de Rubia Gallega: una combinación magistral acompañada de mezclum premium, doble queso fundido, pastrami, la cremosidad de la stracciatella de burrata, el dulzor de la confitura de pimiento rojo asado y el toque crujiente de la cebolla frita. Para cerrar la velada, el broche de oro lo puso una inolvidable torrija de leche caramelizada en mantequilla noisette, acompañada de helado de canela y una suave crema de suero de nata.

Día 2: Dulces con siglos de historia, naturaleza kárstica y sabor tradicional

El segundo día amaneció con el aroma del obrador tradicional. Antes de poner rumbo a la serranía, realizamos una parada obligatoria para desayunar en la emblemática Confitería Ruiz, un rincón donde degustar los dulces típicos a muy buen precio. Allí probamos sus delicadas milhojas de merengue y, cómo no, el célebre alajú: el postre conquense por excelencia, de claro origen andalusí, elaborado a base de una pasta de almendras, miel y pan rallado, todo ello cuidadosamente prensado entre dos finas obleas.

Con las energías renovadas, cambiamos el trazado medieval por la exuberancia de la Serranía de Cuenca. Nuestra primera parada natural fue el Lago de Uña. Rodeado de impresionantes farallones calizos, este enclave de aguas tranquilas cuenta con su propio Centro de Interpretación, ideal para comprender la riqueza ecológica, la flora y la fauna que habitan en este refugio natural.

Siguiendo la ruta serrana, nos adentramos en uno de los parajes más fascinantes de la geografía española: la Ciudad Encantada. A través de un recorrido sumamente divulgativo y único en su especie, caminamos entre caprichosas formaciones kársticas esculpidas por el agua, el viento y el hielo durante millones de años, donde la piedra cobra vida imitando formas de barcos, animales y figuras humanas.

En el trayecto de regreso, la ruta aún nos guardaba una última parada histórica y gastronómica en la imponente villa de Alarcón. Abrazada por las espectaculares hoces del río Júcar, pasear por su casco antiguo amurallado es un auténtico viaje en el tiempo a través de estrechas calles empedradas, plazas pintorescas y joyas arquitectónicas como la iglesia de Santa María.

Para despedir la escapada como se merece, hicimos un alto para comer en el Mesón Don Julián, un templo del producto local y la cocina de raíz. Allí, volvimos a la esencia más pura de la gastronomía de la tierra degustando un tradicional ajoarriero, el plato de bacalao y patata indispensable del recetario conquense; un morteruelo, guiso elaborado con hígado de cerdo, especias y pan rallado; seguido de unas tiernas, sabrosas chuletas de cordero a la brasa y postre casero.

Un cierre inmejorable para una escapada de dos días que demuestra que Cuenca no solo se contempla desde sus abismos y miradores, sino que se vive a través de su historia y se saborea en cada bocado.

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