7 octubre, 2026
Texto: Pedro Ramírez / Vídeo y Foto: Fernando Murad y Pedro Ramírez
Los caminos de la familia Tofterup convergen en un nuevo capítulo, que marca a su vez un brillante episodio en la viticultura y el enoturismo de la Marina Alta. En este emblemático territorio alicantino, las raíces danesas y la tradición vinícola española se entrelazan para dar vida a un proyecto que va mucho más allá del vino. Este regreso a los orígenes de la elaboración tradicional marca un paso decidido hacia adelante, una sinergia que combina la más alta maestría enológica con la recuperación de un patrimonio histórico invaluable.

Hermanos Tofterup, Jonas Tofterup (izquierda) y David Tofterup (derecha).
La historia de Bodegas Trenza es, en esencia, la de una familia que decidió trenzar sus talentos. «Bodegas Trenza es realmente un sueño de dos hermanos daneses realizado, que empezó como un hobby en el año 2004», confiesa David Tofterup, enólogo y fundador del proyecto, reconocido en dos ocasiones como Enólogo del Año en España por la Unión Española de Catadores. A su lado, su hermano Jonas Tofterup, socio del proyecto y poseedor del codiciado título de Master of Wine, el único en toda Dinamarca y uno de los pocos más de 400 en el mundo, completa una dupla formidable.

David Tofterup junto a su mujer Jennifer Powell.
Pero este trenzado vital no se entendería sin el resto de la familia: la influencia creativa de Jennifer Powell, mujer de David y socia, responsable de tejer la historia, el packaging y la identidad visual de la bodega; y el respaldo financiero incondicional de sus padres, cuyo apoyo inicial les permitió dar sus primeros pasos y adquirir sus primeras barricas. Tras años elaborando vinos excepcionales en instalaciones alquiladas, el anhelo de un hogar propio en el que dar rienda suelta a su libertad creativa latía con fuerza.

Riu Rau antes del proyecto de transformación en Bodegas Trenza.

Bodegas Trenza en la actualidad.
El punto de inflexión llegó en la Partida Canor. «En el 2023 encontramos este precioso riu rau aquí en el corazón de la Marina Alta, en el pueblo de Benissa», relata David con la emoción de quien halla un tesoro oculto. Aquel imponente edificio, cuyos orígenes se remontan a 1644, aguardaba en silencio. «Llevaba 50 años abandonado, vivían como 200 palomas ahí arriba», recuerda entre risas. Sin embargo, los hermanos Tofterup supieron ver más allá del deterioro y comprendieron el potencial de este enclave. Tras sortear los trámites para reformar este bien patrimonial, en mayo de 2026 abrieron finalmente las puertas de su propia bodega.
Hoy, este riu rau no solo alberga modernos depósitos y prensas, sino que ha recuperado el latido de su alma original. En un homenaje profundo a un suelo que lleva 2.500 años cultivando la vid, el proyecto ha revivido el arte ancestral de la pansa, trabajando con cepas viejas de moscatel y giró de más de 65 años cultivadas en secano. «Estamos haciendo el mismo trabajo que se hizo hace siglos aquí en este riu rau, secando la uva para hacer las pasas», explica David, mostrando con orgullo cómo utilizan las históricas cañizas rescatadas directamente del departamento histórico de la zona para lograr una pasificación natural.


Aunque el corazón físico de Bodegas Trenza late ahora en Benissa, su alma enológica se extiende por los mejores terroirs de la geografía española. Fieles a su filosofía de «trenzar» las mejores cualidades de cada territorio, los hermanos Tofterup elaboran una cuidada colección a partir de viñedos de secano, en su mayoría orgánicos, ubicados en zonas de prestigio: desde la D.O. Yecla, cuna de su aclamada monastrell de cepas viejas a 850 metros de altitud, y los nobles tempranillos de la D.O. Ribera del Duero, hasta la vibrante acidez del Albariño atlántico de la IGP Ribeiras do Morrazo.

Con la primera vendimia de 2026 ya procesada entre los muros de piedra de su flamante bodega, David y Jonas Tofterup se proponen no solo elaborar vinos orgánicos de mínima intervención que reflejen el paisaje, sino también reescribir la narrativa enoturística de Benissa. Juntos, están preparados para demostrar que el vino, al igual que la historia, no solo se elabora o se restaura; se vive, se siente y, sobre todo, se comparte bajo el techo de un riu rau que ha vuelto a la vida.

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